Al escuchar los murmullos a su alrededor y ver a Fermín acercarse, Macarena salió de sus pensamientos. Sacó su teléfono del bolso.
—Deja el teatro, tú...
—El bebé es una farsa.
Antes de que pudiera terminar la frase, la voz implacable de Fermín retumbó en la sala.
Sus palabras cayeron como una bomba. Se hizo un silencio sepulcral, seguido inmediatamente por un estallido de conmoción.
—¿Una farsa? ¿A qué se refiere?
—¿El embarazo es falso? Entonces, ¿qué significa toda esta sangre?
Los periodistas estaban totalmente desconcertados.
Y los que conocían la verdad tenían expresiones aún más sombrías.
Eduardo se quedó de piedra.
El rostro de Abril perdió hasta la última gota de color.
La expresión de Fermín era un témpano de hielo.
Solo Macarena alzó una ceja, genuinamente sorprendida de que Fermín estuviera al tanto de todo y, más aún, de que se atreviera a desenmascararla frente a las cámaras.
Sin embargo, su sorpresa duró apenas un segundo antes de volver a su habitual calma. En el pasado, cuando Fermín la despreciaba, tampoco había dudado en humillarla en público. Pero esta frialdad despiadada era nueva. *Supongo que está tan furioso con Abril que por eso actúa así. Del amor al odio hay un solo paso*, pensó.
Al notar que algunos periodistas aún murmuraban con dudas, Macarena levantó su teléfono, mostrando a las cámaras el informe médico de Abril durante unos segundos.
Luego, caminó despacio hasta pararse frente a ella. Su tono era sereno:
—Así que, el motivo por el que aceptaste pedir disculpas tan dócilmente, era para culparme del trágico aborto de tu falso bebé, ¿verdad?
Abril, pálida como un fantasma, intentó balbucear una excusa. Macarena no le dio tregua.
Su tono estaba desprovisto de cualquier emoción.
Abril se quedó pasmada. Miró el rostro implacable de Fermín, luego observó a la multitud y a Eduardo, sometido por los guardaespaldas en una esquina. De pronto, todas las piezas encajaron en su mente.
Al ver que no respondía, Fermín le ordenó a un guardaespaldas:
—Llamen al médico.
—No es necesario —murmuró Abril, haciendo un esfuerzo titánico por ponerse de pie.
Tenía los ojos inyectados en sangre, las lágrimas a punto de desbordarse y el rostro tan pálido como si le hubieran drenado la vida.
—Sí, te mentí para sobrevivir. Nunca estuve embarazada. Pero... ¿desde cuándo lo sabes?
—¿Cómo te enteraste?

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