La última vez que había cachado a Héctor con Abril Cordero, había regresado furiosa al departamento para empacar sus cosas y terminar la relación.
Pero él corrió a la casa, le lloró, le pidió perdón mil veces y le juró que todo había sido parte de su trabajo, puro compromiso social.
Pesaron más los años que llevaban juntos y, con el corazón encogido, terminó perdonándolo.
Antes de hacer esa llamada, todavía intentaba autoconvencerse de que tal vez Héctor estaba mintiendo porque lo tenían amenazado y no le quedaba de otra.
Sin embargo, apenas le contestó el teléfono, el tono de Héctor rebosaba de asco.
—Teresa, ni creas que me vas a amenazar con terminar.
—Somos adultos, cada quien asume las consecuencias de sus actos. Si te equivocaste, aprende a dar la cara tú solita. ¿Solo porque eres mi novia pretendes que eche mentiras para encubrirte y arriesgue a mi empresa?
Teresa jamás imaginó que ese hombre soltaría semejante canallada. Se quedó paralizada de la pura indignación.
—¡Tú fuiste quien tomó mi computadora y me robó el proyecto que yo armé! —estalló de coraje.
Héctor soltó una carcajada burlona y fría:
—Ay, Teresa... Por favor, usa la cabeza antes de abrir la boca. Eras una simple diseñadora en el Estudio UME. ¿Cómo diablos ibas a tener acceso a tantos archivos confidenciales?
—¡Eso fue porque...! —Teresa quiso defenderse, pero las palabras se le atascaron en la garganta.
¿Acaso iba a confesar ante miles de personas en su transmisión en vivo que los documentos originales los había robado ella?
Mientras ella titubeaba, Héctor simplemente le colgó.
En cuestión de segundos, los internautas tomaron capturas de pantalla de su silencio y lo interpretaron como la prueba definitiva de su culpabilidad.
Para rematarla, Héctor publicó un mensaje público en sus redes: Hay cosas que es mejor dejar por la paz. Quien busca sarna para rascarse, la va a encontrar.
Teresa no sabía exactamente qué trapos sucios quería sacarle a la luz, pero después de convivir bajo el mismo techo por años, estaba claro que él la conocía lo suficiente como para tener con qué arruinarla.
Nunca, ni en sus peores pesadillas, imaginó que Héctor fuera un ser humano tan despreciable.
Completamente rota y hervida en rabia, Teresa rompió en llanto.
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