Macarena, intrigada, miró con atención hacia donde se había detenido la mirada, pero solo alcanzó a ver el lujoso carro arrancar lentamente y perderse a los pocos segundos en la calle, desapareciendo de su vista.
—Señor Gómez…
Desde el asiento del conductor, Ernesto vaciló, como si las palabras se le atascasen en la garganta.
Miró por el retrovisor a Fermín, quien mantenía un semblante imposible de descifrar. Al final, no pudo contenerse y aventó:
—¿No quiere regresar y platicar con la señorita Molina?
Tanto él como su jefe, el señor Gómez, habían visto perfectamente a ese hombre.
Incluso presenciaron todo el proceso: desde que el tipo entró hasta que salió de la casa de la señorita Molina.
Por suerte, las cortinas estaban abiertas, así que, a través del cristal, se alcanzaban a distinguir solo las siluetas de ambos.
Durante todo ese tiempo, no ocurrió nada fuera de lugar; solo estaban cenando.
Aun así, Ernesto notó que el semblante de Fermín se tornó tan sombrío que parecía que el ambiente se volvía denso. No cabía duda de que el jefe estaba molesto.
Fermín le dirigió una mirada de soslayo, apenas y movió los dedos, que tamborileaban de manera nerviosa, pero eligió el silencio.
¿Platicar de qué?
¿Acaso debía confrontarla por mudarse a propósito para verse con otro hombre?
¿O era mejor ordenarle que regresara a casa y no volver a encontrarse con ese tipo?
Cualquier cosa que dijera, estaba seguro de que sería justo lo que Macarena quería.
Al pensar en eso, una sonrisa sarcástica se asomó en su rostro.
Al principio, cuando vio a ese hombre, el coraje le subió hasta la cabeza, pero en cuanto respiró hondo, entendió que todo era parte del juego de Macarena.
El motivo era más que evidente.
Quería ponerlo celoso.
Ella se estaba vengando porque él había llevado a Abril a la familia Gómez.
Después de todo, tanto su familia como sus propias condiciones lo hacían uno de los hombres más codiciados de Rivella.
Durante cinco años de matrimonio, Macarena había tenido ante sus ojos a un hombre como él, ¿de verdad le interesaría otro cualquiera?
Viendo que Fermín seguía callado, Ernesto se animó de nuevo:
—Señor Gómez, tal vez no debería decir esto, pero creo que debería sentarse a platicar con la señorita Molina y aclarar las cosas.
Estaba claro que ella solo tenía ojos para su esposo.
Le preocupaba su estómago, así que acostumbraba prepararle comida y llevarla a la empresa.
Cuando el señor Gómez tenía que trabajar hasta tarde y le temía a la oscuridad, Macarena iba a esperarlo para regresar juntos, a veces hasta le llevaba antojitos que sabía que le gustaban.
A pesar de que el señor Gómez solía tratarla con indiferencia e incluso estallaba contra ella, Macarena solo se permitía estar triste un momento antes de recomponerse.
Si él le decía que era una extraña y le prohibía entrar a la empresa, ella no se enojaba; simplemente lo esperaba afuera, sin hacerle escándalo.
Y así, día tras día, seguía cuidándolo.
Pero Ernesto recordó que, desde hacía tiempo, ya no veía a la señorita Molina por la empresa.
Pensando en eso, se animó a compartir su inquietud con Fermín.
Parecía que Fermín también reparó en ese detalle, porque tras una breve pausa respondió con voz impasible:
—Si lo que quiere es hacerse la difícil, tiene que mantener la postura, ¿no?
Ernesto aún sentía que algo no cuadraba y quiso insistir, pero Fermín ya no tenía ganas de seguir discutiendo.

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