Ella no sabía si esos comentarios negativos en su contra terminarían por molestar a Fermín.
Forzó una sonrisa seca, retirando su mano.
—Solo lo digo por tu bien, pero si no te gusta, olvídalo.
Dicho esto, Abril se dio la vuelta y se fue.
Macarena observó la figura altiva y confiada de Abril alejándose y no pudo evitar soltar una sonrisa resignada.
Eso era tener seguridad, pensó.
Sabía que, aunque ella le mandara esa grabación a Fermín, no cambiaría nada.
Fermín siempre prefería y defendía a Abril. Ni una grabación serviría; incluso si él viera con sus propios ojos cómo Abril la provocaba, no le haría nada, a lo mucho fingiría regañarla y ya.
Por eso, ni siquiera tenía esperanza de que esa grabación pudiera ayudarla. Solo quería que Abril dejara de buscarle pleito.
Ya era tarde y Macarena se preparaba para pedir un carro y regresar a la UME, cuando de pronto recibió una llamada de Fermín.
A veces, cuando Fermín estaba de malas, buscaba cualquier pretexto para quejarse de la comida; a veces decía que estaba fría, que la calentara, o simplemente le pedía que se la llevara sin tocarla.
Pensó que tal vez era por la sopa y, tras pensarlo un momento, contestó la llamada.
Estaba lista para decirle que era la sopa que había preparado la abuela y que si quería, la tomara, y si no, ni modo.
Pero apenas contestó, la voz de Fermín, helada y dura, se escuchó al otro lado.
—La vez pasada en la casa vieja molestaste a Abi. Su brazo sigue lastimado, ¿por qué vuelves a meterte con ella?
El tono acusador dejó a Macarena helada.
—Yo no la molesté —respondió, sin pensar.
—¿Todavía te atreves a negarlo? —bufó Fermín—. Alza la cabeza.
Macarena, desconcertada por sus palabras, alzó la mirada.
El edificio del Grupo Gómez se alzaba imponente ante ella, como tocando el cielo.
Por un momento se sintió mareada; al levantar la vista, pudo distinguir en la cima la figura elegante de Fermín.


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