C151- LA VERDAD OCULTA
Ian lo miró con los ojos entrecerrados, el aire en el almacén parecía haberse evaporado.
—¿Qué dijiste?
—Yo no la violé —consiguió articular Elias—. Yo... yo la drogué. Sí. Pero solo le tomé fotos. No le hice nada más, lo juro.
Ian lo soltó de golpe.
Retrocedió un paso, como si el contacto con Elias de pronto le quemara las manos. Su rostro pasó del shock absoluto a una rabia pura y descontrolada. Privado del agarre que lo sostenía, Elias se dejó caer pesadamente al suelo sucio, con el dorso de la mano temblorosa, intentó limpiarse la sangre que le inundaba la boca, dejando un rastro escarlata en la piel.
—Estaba furioso, celoso —confesó, arrastrando las palabras entre jadeos—. Ella me rechazó. Me dijo que estaba con Braxton. Y yo... yo no lo soporté. Quería hacerle daño, quería que sufriera exactamente como yo estaba sufriendo.
Ian apretó los puños con tanta fuerza que los tendones de sus antebrazos se tensaron.
—¿Entonces la drogaste? ¿Le tomaste fotos? —Dio un paso al frente, la sombra de su cuerpo cubriendo por completo a Elias—. ¿Para qué, Deveraux? ¿Para chantajearla?
Elias levantó la cabeza y en sus ojos ensangrentados ya no solo había miedo; también destellaba una chispa de rabia y un resentimiento viejo, podrido.
—Quería que volviera conmigo —escupió con desesperación—. Quería que dejara a Braxton de una maldita vez. Y pensé... pensé que si veía esas fotos, si creía que lo nuestro había vuelto a pasar, se alejaría de él por culpa. Pensé que regresaría a mis brazos. Para eso lo hice. ¡Para destruir su paz, así como ella destruyó la mía!
Ian explotó.
El último rastro de control que le quedaba se rompió en mil pedazos. Se lanzó sobre él como un depredador, lo levantó del suelo tomándolo por las solapas del saco arrugado y, sin dudarlo, le metió otro puñetazo feroz, directo en la mandíbula.
Elias cayó de nuevo al suelo, el impacto le arrebató el aire y lo hizo escupir un coágulo de sangre sobre el polvo.
—¡Sea como sea, eso es terror psicológico! —rugió Ian, apuntándolo con un dedo tembloroso por la adrenalina—. ¡Es un maldito delito! ¡Deberías estar pudriéndote en la cárcel por lo que le hiciste! ¡Basura!
A pesar del dolor, Elias rio.
—No me vas a mandar a la cárcel —aseguró, mirando al techo del almacén—. Tú no lo vas a hacer, Ian.
Ian se inclinó sobre él, siseando con una frialdad que helaba la sangre.
—¿Andas buscando que te mate? ¿Por qué demonios no lo haría? ¿Eh?
Elias giró la cabeza para mirarlo con esos ojos inyectados en sangre. Y, contra todo pronóstico, sonrió.
—Porque quieres saber —soltó en un susurro provocador—. Sé que vas a querer saber por qué mi madre y tú... están emparentados.


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