C184- SE RESPIRÓ FELICIDAD
Al día siguiente, Jodie cruzó el pasillo de la prisión con pasos firmes, aunque el estómago se le revolvía.
Se sentó frente al cristal grueso.
Elias ya estaba ahí, con el uniforme naranja y apenas la vio, sus ojos se humedecieron.
—No esperaba que vinieras.
Jodie tomó el teléfono.
—No vine por ti, vine por mí.
Elias asintió, tragando saliva.
—Lo entiendo.
Jodie apretó el teléfono con más fuerza y se mojó los labios antes de continuar.
—Quiero que sepas que no te perdono. No puedo. Lo que me hiciste, lo que me hiciste creer... eso no se borra de un día para otro.
Elias bajó la cabeza y miró sus propias manos. Se quedaron en silencio un momento y Jodie respiró hondo antes de continuar.
—Pero quiero que sepas que no te odio. Ya no tengo energía para odiarte. Cuando nos ayudaste en el observatorio y recibiste ese disparo... supe que al final quisiste hacer lo correcto. Llegaste tarde, pero lo hiciste.
Elias levantó la cabeza, tenía lágrimas corriendo por las mejillas, pero no las limpió.
—Eso es más de lo que merezco.
Jodie lo miró fijo, sin parpadear.
—No te voy a visitar nunca más, pero espero que encuentres algo de paz aquí. Yo ya estoy cerrando mi ciclo, así que hazlo tú también, es lo mejor que puedes hacer.
Se levantó y colgó el teléfono.
Elias la vio girarse hacia la puerta, pero antes de que ella diera el primer paso, habló con la voz rota.
—¡Jodie! Cuida de ese bebé y de Braxton... Son los que te merecen.
Jodie no se giró.
Solo asintió una vez y siguió caminando. La puerta de metal se cerró detrás de ella con un golpe seco.
Afuera, el sol le dio en la cara.
Braxton la esperaba apoyado en el auto, con las manos en los bolsillos. No preguntó nada, solo abrió la puerta del copiloto y Jodie subió, se inclinó y lo besó en los labios, largo y despacio.
—Vámonos a casa, Brax.
—Vamos a casa.
En el auto, Jodie se quedó callada los primeros minutos del camino. Braxton conducía sin presionarla, solo con una mano en el volante y la otra descansando sobre su muslo. El paisaje pasaba borroso por la ventana.
—Le dije que no lo perdono —soltó de repente, mirando al frente—. Que lo que me hizo no se borra. Pero también le dije que lo que hizo en el observatorio... demostró que podía hacer lo correcto.
Braxton apretó el volante con más fuerza.
—¿Y él qué dijo?
—Que era más de lo que merecía. —Jodie soltó una risa corta y amarga—. Después me pidió que cuide de ti y del bebé.
Braxton no respondió enseguida, solo asintió y siguió conduciendo.
Cuando llegaron a casa, apagó el motor y se quedó un momento mirando el volante. Luego bajó, rodeó el auto y le abrió la puerta. Apenas Jodie puso un pie afuera, la empujó con suavidad contra la puerta del coche y la besó.
No fue un beso suave.
Fue profundo, urgente, como si necesitara recordarle que estaba ahí.
—Estoy orgulloso de ti —murmuró contra sus labios—. Fuiste. Cerraste lo que tenías que cerrar.
Jodie le agarró la nuca y lo atrajo más cerca.
—Ya no hay fantasmas entre nosotros, hacker.
Entraron a la casa sin soltarse. Braxton cerró la puerta con el pie y la levantó en brazos, llevándola hasta el dormitorio. La bajó sobre la cama con cuidado, pero ella no quería cuidado.
Así que tiró de su camisa, quitándosela por la cabeza, y le mordió el labio inferior.
—Necesito sentirte —dijo, la voz ronca—. Ahora.

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