La bofetada aún no había rozado el rostro de Amaya, cuando la mano de Melina fue interceptada por un agarre firme.
Romeo la miró con una frialdad cortante.
—¿Qué crees que haces? Habla bien, que somos personas civilizadas.
Melina resopló, con los orificios nasales dilatados por la furia.
—¿Hablar bien? Si te encierran allí meses, ¿saldrías con ganas de hablar bien?
—¡Romeo, hazte a un lado! ¡Tengo cuentas pendientes con Amaya! —rugió Melina, intentando abalanzarse sobre ella de nuevo.
Amaya permaneció sentada, inamovible. Solo la observaba con una mirada gélida, sin expresión en el rostro y sin la menor perturbación en su interior.
Ya no era aquella mujer que debía estar a la defensiva en todo momento, luchando sola contra el mundo.
Tener a Romeo a su lado, protegiéndola en todo momento, le daba una inmensa sensación de seguridad.
Romeo habló con un tono desapasionado.
—Lo siento, pero no me voy a apartar.
Melina levantó la cabeza de golpe, mirándolo con profunda incredulidad.
—Romeo, ¿qué te pasa?
—¿No te has cansado de ser el perrito faldero de Amaya? ¿Hasta cuándo vas a seguir defendiéndola?
Melina señaló a Amaya con desprecio—: ¡No me digas que te gusta este tipo de mujer! ¿Qué... qué le ves de bueno?
En los ojos de Melina se mezclaban la ira, los celos y un resentimiento indescriptible.
Desde siempre, había albergado sentimientos ocultos por Romeo, aunque nunca los había confesado.
En el pasado, la repentina unión entre Vera Ramos y Romeo la llenó de indignación.


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