—Te entiendo. Las personas que buscan la perfección siempre están luchando contra el reloj.
Amaya se apoyó en su mano y asintió:
—César es muy detallista y organizado. Además, tiene mucha experiencia manejando el departamento de diseño. Los planos que pasan por sus manos casi nunca tienen errores y no causan problemas; eso es invaluable.
Romeo esbozó una sonrisa:
—Así es, por eso poco a poco le he ido delegando responsabilidades. Yo me encargo de las decisiones importantes, y él maneja todos los detalles. Lo hace excelente, lo que me da mucha tranquilidad.
Tras decir esto, Romeo soltó un largo suspiro:
—El único problema es que está a punto de cumplir veintiocho años. Si sigue soltero, mis padres sentirán que le están fallando a sus padres, que en paz descansen.
Amaya conocía la historia de César.
César había perdido a su madre cuando era niño y fue criado por Ricardo Ortega y Ximena Chávez. Aunque era su sobrino, en la práctica era como el hermano menor de Romeo.
Ellos dos siempre habían sido muy unidos desde pequeños, y ahora compartían la misma visión para los negocios. La única diferencia radicaba en sus personalidades; Romeo era más maduro y calculador, mientras que César era más carismático y alegre.
Amaya sonrió:
—¿Qué tipo de chica crees que le gustaría a César?
Al mirarla, Romeo soltó una carcajada:
—Me dijo que le gustaría encontrar a alguien como tú: con una personalidad audaz, capaz, pero tierna en el fondo.
Amaya no pudo evitar reír y decidió bromear un poco:
—Si tú mismo dijiste que soy de edición limitada, encontrar a alguien igual que yo será muy difícil.
Romeo se echó a reír con ganas:
—Ami, me encanta tu nivel de confianza...

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