Melina Muñoz miraba a Diego Muñoz con gran decepción.
Para ella, que su hermano, un hombre divorciado, hubiera logrado casarse con una mujer de buena familia y con las conexiones de Valeria Zaldívar, era el máximo logro que podía pedir.
No entendía por qué Diego seguía pensando en Amaya Ibarra, ni qué le veía de especial.
Al momento de casarse, ¡uno siempre debía buscar a alguien de su mismo nivel!
Diego la miró con frialdad.
—Basta, hay muchas cosas que no entiendes.
—Veo que sigues siendo tan obstinada como siempre. ¡Incluso después de tanto tiempo encerrada, no has aprendido nada!
—¡Melina, si sigues sin saber diferenciar el bien del mal, tarde o temprano arrastrarás a toda la familia a la desgracia!
Melina no esperaba que, en lugar de darle la razón, su hermano la sermoneara.
Furiosa, tomó el cenicero del escritorio e hizo el ademán de lanzárselo.
Leonor Muñoz no soportó más y la detuvo con un grito firme.
—¡Basta, Melina!
—¿Crees que ustedes dos siguen jugando a las peleas de niños? ¡Deja de intentar romper cosas, lo que acaba de decir Diego tiene mucho sentido!
—Deberías reflexionar de verdad. Has pagado un precio muy alto y has tenido demasiadas lecciones, ¡¿acaso no es suficiente?!
—¿Hasta cuándo vas a seguir cometiendo los mismos errores?
Ante los gritos de Leonor, el rostro de Melina se tornó de un tono enfermizo.
Señaló a Leonor y a Diego con el dedo.
—Ustedes... ustedes dos...

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