—Diego, ¿qué acabas de decir? Tú... ¿tú también vas a tomar los hábitos?
Josefa Ponce se llevó un susto de muerte. Corrió hacia Diego Muñoz y lo agarró de los brazos—. ¡No se te ocurra cometer esa locura! ¡Todavía no me has dado un nieto!
Diego la miró con absoluta frialdad.
—¿Cómo que no? Tienes una nieta que ya casi cumple dos años.
—El problema es que nunca actuaste como una verdadera abuela.
Josefa captó el reproche en sus palabras y se indignó.
—¿Me estás echando la culpa de no tratar bien a tu hija?
—Diego, eso es muy injusto. Amaya y su madre acapararon a la niña, ni siquiera me dejaban acercarme. ¡¿Cómo iba a demostrarle mi cariño?!
Diego le respondió con dureza.
—Cuando uno de verdad quiere ver a alguien, nunca le falta tiempo. Todo lo demás son excusas.
Josefa sintió un nudo de frustración en la garganta y no supo qué responder.
—...
Antes de que pudiera agregar algo, Leonor Muñoz intervino.
—Bueno, ya es tarde. Diego, me voy a empacar; pronto me trasladaré al convento para mi retiro espiritual.
—Durante los próximos tres meses, me dedicaré a orar, meditar y buscar la paz. No tendré el celular a la mano.
—Cuida mucho del Grupo Muñoz. Lo siento, pero ya no podré ayudarte.
Leonor estaba decidida y parecía haber encontrado la claridad.
En todo ese tiempo, ni siquiera había mirado a Josefa.
Durante los meses que estuvo encerrada, reflexionó profundamente y se dio cuenta de que la ruptura y destrucción de su familia no había sido culpa de Amaya Ibarra, sino en gran parte de su propia madre.
Cualquier mujer en el lugar de Amaya habría perdido la razón.
Pero Amaya, en cambio, tuvo la valentía de irse, demostrando una fortaleza admirable.
Lejos de odiarla, Leonor sentía una profunda empatía por ella.
Al recordar los actos absurdos de Josefa y cómo había tratado a Amaya cuando entró a la familia, Leonor se sentía invadida por la vergüenza.

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