Catalina estaba a punto de hablar cuando vio a Sebastián alejarse rápidamente.
Sorprendida, lo siguió con Reni en brazos.
Al llegar a la entrada, lo vio dirigirse a la cochera. Segundos después, salió conduciendo un auto deportivo de lujo que arrancó con un rugido espectacular.
La intriga de Catalina se multiplicó por mil.
—¡Tía! ¡Tengo algo que hacer, vengo otro día! —gritó Catalina hacia el interior de la casa.
Sin esperar respuesta, corrió hacia su Lamborghini rosa y pisó el acelerador para seguirlo.
Sebastián iba al volante de un deportivo edición limitada color verde neón. El auto surcaba las calles como un relámpago en dirección a las afueras de la ciudad.
Su expresión era letal. Mientras esquivaba autos a una velocidad de vértigo, hablaba por teléfono con Saúl.
—¿Estás seguro de eso? ¿Confirmas que van a matar?
La voz de Saúl sonaba desesperada.
—¡Sí, totalmente seguro! Pero maldición, estoy en Santa Lucía resolviendo tu otro encargo, ¡no llego a tiempo!
—Llamé a Ami y a Romeo, pero ninguno de los dos contesta. No sé si no tienen señal o si apagaron los teléfonos por la junta.
—Les dejé mensajes, pero quién sabe si les llegaron. Jefe, ¿qué hacemos? ¡Van a matarlos!
Sebastián mantenía el rostro impasible, pero su voz cortaba como el cristal.
—Tengo entendido que Bruno es la carta fuerte de Dante Ramos. No lo manda a hacer cualquier trabajo, pero cuando lo hace, nadie sale vivo.
El tono de Sebastián bajó un grado, helando la sangre de quien lo escuchara—. Entonces hoy seré yo quien le dé la bienvenida a ese tal Bruno. Veremos si es tan invencible como dicen.
Saúl pegó un grito del otro lado de la línea.
—¡Jefe, no! ¿Vas a ir tú en persona? ¡Es una locura, es muy peligroso! Mejor mando a...

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