Sebastián continuó su carrera a toda velocidad, pero poco después, el maldito auto rosado volvió a aparecer en su espejo retrovisor.
Ese tono chillante era imposible de ignorar.
Apretando los dientes y con el ceño fruncido, no le quedó más remedio que pisar el acelerador a fondo y seguir avanzando.
—
Mientras tanto, Ami y Romeo acababan de terminar una agotadora reunión a tres bandas con proveedores en el hotel.
Dado el crecimiento explosivo de las operaciones del Consorcio Eje, necesitaban cerrar alianzas estratégicas lo antes posible.
Esta junta había sido planeada durante semanas, pero por la gran cantidad de tecnicismos y detalles, se había extendido por más de tres horas.
Ami tenía la espalda molida y la cabeza le daba vueltas.
Tomada del brazo de Romeo, caminaba hacia el elevador, aún discutiendo los últimos puntos del acuerdo, para dirigirse al estacionamiento subterráneo.
Romeo sacó su celular, vio la barra de señal vacía y negó con la cabeza, resignado.
—Este hotel se toma la privacidad demasiado en serio. Bloquean la señal por completo; estuvimos incomunicados toda la tarde.
Ami sonrió levemente.
—Por eso elegimos este lugar, precisamente para evitar que se filtre información de los contratos.
—No pasa nada. Ya nos vamos; en cuanto crucemos la puerta principal, volveremos a tener señal.
Con un sonido metálico, el elevador llegó al nivel subterráneo dos, y las pesadas puertas se abrieron lentamente.
Una ráfaga de aire húmedo y frío los recibió. La iluminación del estacionamiento parpadeaba; algunas luces zumbaban y arrojaban sombras distorsionadas en el piso de concreto.
El gigantesco lugar estaba completamente desierto. No había un solo auto a la vista. El silencio era tan sepulcral que solo se escuchaba el eco de sus pasos.

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