Sonia corrió a abrazarla, haciéndole mimos, hasta que por fin Vera "volvió en sí".
Diego se quedó pasmado, tieso como una tabla.
¿Su suegra se atrevió a agarrar a golpes a Vera?
¿En pleno hospital, con el hijo internado, Amaya y su madre habían venido a buscar pleito?
¿Estas dos querían ver el mundo arder?
¿Cuál era su maldito problema?
¿De verdad querían arrinconar a Vera hasta matarla?
A Diego se le llenó el pecho de una furia asesina. La sangre le empezó a hervir, nublándole por completo el juicio.
Hasta hace poco rogaba que Beatriz regresara rápido de su viaje.
Tenía la esperanza de que, al volver, la hiciera entrar en razón, la calmara y así todos pudieran llevar la fiesta en paz.
¡Y resultaba que la suegra volvió mil veces más histérica, más perra y más rencorosa que la propia Amaya!
Esto tenía que parar. Si les daba rienda suelta, tarde o temprano habría una desgracia.
Diego apretó los puños a más no poder:
—¿Dónde diablos se te echaron encima? Ahorita mismo voy a exigirles una explicación.
Su tono era rasposo y contenido, pero soltaba una vibra de peligro letal.
Vera vio el cielo abierto, cortó el llanto de tajo y señaló rápido hacia el pasillo:
—A... aquí a fuerita en el pasillo... en el cuarto de al lado.
A Diego se le subió lo caliente a la cabeza, echando chispas por los ojos, y salió hecho una fiera, sin decir más.
¡Le valió madre todo, caminó hasta la otra habitación y, de un certero patadón, reventó la puerta para abrirla!


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