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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 140

Amaya dio media vuelta y regresó a su habitación. Renata y Marta ya estaban profundamente dormidas.

No le tomó ni tantita importancia a lo que había dicho Diego; se acostó en su cama y no tardó nada en caer rendida.

***

A altas horas de la noche.

No supo cuánto tiempo pasó, pero sintió vagamente un ligero peso sobre ella, como si alguien la hubiera tapado con cuidado con una cobija.

Esa fue la noche en que logró dormir más horas y con mayor tranquilidad desde que estaba en el hospital, pues casi no escuchó los llantos de Renata.

***

En el cuarto de al lado.

Vera, por el contrario, no pudo pegar el ojo. Se la pasó dando vueltas en la cama toda la madrugada, llorando a ratos hasta quedar hecha un mar de lágrimas.

Sonia no había aguantado el cansancio y se había ido a su casa, así que le consiguió una enfermera temporal para que la ayudara.

Se suponía que Josefa iba a ir, pero un imprevisto en su casa se lo impidió y nunca llegó.

Así que esa noche, solo Vera y la enfermera se quedaron cuidando a Mateo.

A Mateo ya casi se le había pasado el efecto de los somníferos, pero andaba muy chillón y con un sueño súper ligero, lo que hizo que a Vera se le alborotaran todavía más los nervios.

Se escapó a escondidas varias veces a la habitación de la bebé de Amaya.

Cada vez que iba, veía a Diego caminando de un lado a otro con su hija en brazos, cantándole despacito, mientras Amaya dormía plácidamente... Eso se sentía como si le clavaran un cuchillo directo al corazón.

En varias ocasiones estuvo a punto de meterse y sacar a Diego de ahí a rastras.

Pero se amarró las manos.

No estaba tan tonta; sabía perfectamente que si armaba un escándalo, lo único que iba a lograr era que Diego le agarrara más coraje y terminara pintándole su raya para siempre.

No tenía idea de qué le había hecho Amaya a Diego para cambiarle la jugada de esa forma. Sentía muchísima angustia y desesperación, como si de golpe el mundo entero la hubiera aventado a una isla desierta.

Estaba urgida de consuelo.

—¿Tú vas a ir a pedirle perdón a esa mustia de Amaya? ¡¿A cuenta de qué?! ¡Tú no has hecho nada malo!

—¡Qué familia feliz ni qué nada! Yo nada más de verla me revuelve el estómago, lo único que quiero es que la corran ya de la familia Muñoz. ¡Que se vaya a la fregada!

—¿De plano se te zafó un tornillo? ¿Cómo se te ocurre decirme semejante barbaridad?

Josefa estaba tan enojada que le palpitaban las sienes.

Ya venía haciendo corajes desde que salió de su casa; su plan era platicar con Vera para ver qué iban a hacer.

Jamás se imaginó que Vera andaría con el ánimo por los suelos, tan arrastrada como trapo viejo.

¡Eso la ponía peor!

Y acordándose de lo que le había soltado Rubén la noche anterior, el coraje de Josefa agarró todavía más fuerza.

—¡Esa mujer tiene que divorciarse de mi hijo a como dé lugar! ¡Y la voy a hundir!

La mirada de Josefa lanzaba unas chispas de odio tan intensas que, del susto, a Vera se le cortó el llanto de golpe.

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