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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 55

Diego clavó la mirada en Amaya, completamente incapaz de asimilar lo que pasaba; pensaba que todo lo que ella decía era mero despecho por el coraje del momento.

—Ya está, deja de enojarte. Ahora que Romeo regresó al país, ya no tengo que estar cuidando a Vera por él. Ahora sí voy a tener tiempo de sobra para estar contigo.

Trató de contentarla de nuevo, bajándole al tono de su voz.

Lástima que Amaya ya no era la misma de antes, a la que podía enredar con un par de palabras dulces.

Su corazón se había congelado por completo al recordar que él se la había pasado con otra persona durante todo el embarazo, por todos los desprecios y malas caras hacia su hija, y por todas esas ocasiones en las que la había abandonado a ella y a la bebé en momentos clave, solo para esmerarse en darle sorpresas y regalos a la madre y al hijo de otro hombre.

Le resultaba inaceptable ver a su marido darle prioridad a otra mujer en absolutamente todo.

Y peor aún, le hervía la sangre al saber que la niña, a la que casi le había costado la vida dar a luz, no significaba gran cosa para él.

Su hija era su límite... Al pensar en las injusticias que su pequeña había soportado desde el día en que nació, el rencor en el fondo de su corazón ardía sin control.

Al ver la cara inexpresiva de Amaya, Diego no lograba comprender en qué momento su matrimonio se había ido al precipicio.

Ella nunca le había montado escenas de este calibre, ni le había costado tanto trabajo contentarla... Estaba fastidiado y a la vez frustrado, pues no tenía idea de qué hacer para que ella volviera a ser la misma de siempre.

De pronto, el timbre del celular rompió con el ambiente asfixiante de la habitación.

La pantalla se iluminó y mostró un nombre: Vera.

Diego frunció el ceño visiblemente irritado y cortó la llamada.

Pero en seguida el teléfono volvió a sonar; Diego lo rechazó otra vez, y ella insistió al instante.

Amaya vio el nombre en la pantalla y esbozó una sonrisa cargada de sarcasmo:

—Contéstale mejor, capaz que se peleó con su marido y ya anda con sus amenazas de siempre. Si no contestas, al rato vas a cargar con un muerto en la conciencia.

—Ya vimos que, aunque su marido regresó, le hace mucha falta la atención incondicional de su adorado primito.

Ese cuento de «amistad desde la infancia» le venía como anillo al dedo para tapar el sol con un dedo.

Claro, que el primo estuviera al pendiente de la prima era la cosa más natural del mundo, a simple vista nadie podía reprocharle nada.

Tan es así, que ni siquiera su suegra Josefa le veía lo malo al asunto y apoyaba abiertamente a Vera.

En este mundo de locos, Amaya era la única a la que esa situación le daba asco, mientras que los demás lo veían de lo más normal y lo justificaban sin chistar.

Diego miró la pantalla del teléfono, que no paraba de prenderse y apagarse, y sus ojos reflejaron un cúmulo de emociones encontradas.

Al final, se levantó, caminó hacia un rincón de la habitación y contestó la llamada:

—¿Bueno?

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