Diego prácticamente llegó corriendo hasta donde estaba Vera.
Al ver que tenía la nariz roja, los ojos llenos de lágrimas y que temblaba de frío, él se quitó el saco por instinto y se lo puso sobre los hombros.
Vera aprovechó para acurrucarse en sus brazos; Diego intentó esquivarla por reflejo, pero ella se aferró a él con fuerza.
Temblaba tanto que parecía un gatito callejero a punto de congelarse.
Diego sintió lástima y, al final, ya no la apartó.
—Diego...
Ella hundió la cara en su pecho y habló con voz apagada: —Gracias por venir a hacerme compañía. Tú siempre eres el mejor conmigo.
Diego suspiró: —¿Qué pasó? ¿No me digas que Romeo... también duda de nosotros?
Vera tenía la cara bañada en lágrimas.
—Sí, leyó esa publicación y me preguntó si lo engañé todo este tiempo. Dice que al que de verdad amaba en secreto no era a él, sino a ti.
»Me exigió que le dijera la verdad, y me advirtió que si nuestro matrimonio empezó con mentiras, entonces no tenía caso seguir juntos, por más que fuera un matrimonio por conveniencia...
A Diego se le partió el corazón al escucharla hablar entre sollozos.
—Yo mismo voy a hablar con Romeo para explicarle. Las cosas no son como él cree.
A Vera se le escurrían las lágrimas por las mejillas.
—Diego, ¿y si Romeo me pide el divorcio? Yo... acabo de tener a Mateo, no quiero que mi hijo crezca sin su papá.
»¿Por qué todo el mundo malinterpreta lo nuestro? Si tú y yo siempre hemos sido como hermanos que se llevan bien. ¿Por qué Amaya se empeña en ensuciar nuestra imagen? ¡Ay...!
Vera hablaba con un tono de desesperación y lloraba a moco tendido; se tambaleaba, como si fuera a desmayarse en cualquier momento.
Diego no tuvo más remedio que sostenerla con fuerza para evitar que se cayera y trató de calmarla.
—El que nada debe, nada teme. Ya no llores, yo me encargo de todo. Ándale, vente conmigo, yo mismo te llevo de regreso con la familia Ortega. No te mortifiques, yo arreglo este desastre.

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