Las venas en la frente de Diego palpitaban con fuerza. Sin poder contenerse, pronunció un nombre entre dientes:
—... Amaya.
Su pecho subía y bajaba con agitación. No entendía por qué cada vez que intentaba tomar las riendas de la situación, terminaba completamente acorralado.
Pero al ver el estado inconsciente de Romeo y sopesar las palabras que Amaya acababa de decir, se dio cuenta de que no podía simplemente tirar a Romeo al suelo en un momento tan crítico.
No era que le temiera a la posición de Romeo en el mundo de la arquitectura de Aquilinia.
Su verdadero miedo era que, si lo soltaba y se marchaba, la tarea de cuidar a Romeo recaería en Amaya.
Como hombre que era, sabía mejor que nadie que esos eran los momentos más peligrosos, cuando era más fácil aprovecharse de la debilidad ajena.
—Bien, ustedes ganan.
Diego respiró hondo, apretó la mandíbula con resignación y, haciendo acopio de toda su fuerza en los brazos, cargó a Romeo sobre su espalda. Salió del ascensor a grandes zancadas en dirección a la habitación de Romeo.
Amaya observó la escena, esbozó una pequeña sonrisa y se dispuso a seguirlos.
En ese instante, la voz sarcástica y venenosa de Valeria resonó a sus espaldas:
—Amaya, nunca imaginé que fueras tan mañosa como para tener a dos hombres como Romeo y Diego comiendo de tu mano.
Amaya giró la cabeza y la miró de reojo con total frialdad:
—Al menos soy mejor que tú.
El rostro de Valeria se tornó pálido por la indignación:
—Tú...
Amaya la ignoró olímpicamente y apresuró el paso. Con un par de zancadas se adelantó, sacó la tarjeta de la habitación del bolsillo de Romeo y abrió la puerta.
Una vez que Diego entró con Romeo a cuestas, Amaya le cerró la puerta en la cara a Valeria con un movimiento rápido, pasándole seguro y sin importarle en lo más mínimo los gritos histéricos que daba la mujer desde afuera.
A duras penas, Diego logró llevar a Romeo hasta la enorme cama de la habitación.
Apenas tocó el colchón, Romeo se hundió en la suavidad de las sábanas, estiró sus largas piernas y se quedó tendido con total comodidad.
Por inercia, Amaya se acercó con la intención de quitarle los zapatos.
A Diego le molestó muchísimo esa iniciativa y, de un tirón, jaló a Amaya y la colocó detrás de él.

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