En ese instante, el teléfono de Romeo vibró con un mensaje. Era de los agentes oficiales que venían en camino. Ya estaban bastante cerca y calculaban llegar en unos diez minutos.
Romeo cruzó miradas con Amaya y le hizo un discreto gesto con las manos formando un diez. Amaya lo entendió de inmediato y reafirmó su postura.
—Valeria Zaldívar, jamás permitiremos que reanuden esta obra.
La expresión de Valeria se volvió despiadada.
—¡Muy bien, ustedes se lo buscaron! ¡No digan que no se los advertí! ¡Abran las mangueras de nuevo! ¡Échenles agua hasta que salgan huyendo!
Valeria dio la orden a gritos. Aunque los trabajadores se sentían incómodos con la orden, no tuvieron más remedio que obedecer. Abrieron las válvulas y dirigieron los potentes chorros hacia ellos.
En cuestión de segundos, la ropa de Amaya y Romeo quedó empapada.
Al ver que el agua iba directo hacia Amaya, Romeo perdió los estribos. Se abalanzó contra uno de los obreros, le dio un empujón fuerte para quitarle la manguera y apuntó el chorro directamente hacia Valeria.
Valeria jamás imaginó que usarían el agua contra ella. En un parpadeo, su vestido quedó completamente empapado y se le pegó al cuerpo. Estalló en cólera.
—¡Romeo! ¡¿Estás loco?! ¡Para ahora mismo!
Romeo no era como Luciana Guzmán. Era un hombre joven y en excelente forma física, y no iba a dejarse amedrentar por los trabajadores. Sujetaba la manguera de presión con la firmeza de un soldado manejando un arma de fuego pesado, obligando a los obreros a retroceder hasta que dejaron de apuntarles.
Sin piedad, Romeo dirigió el chorro directo a Valeria. La presión era tanta que ella apenas podía mantener el equilibrio. El vestido húmedo revelaba completamente su figura y el corte de la falda se abrió, atrayendo las miradas atónitas de todos los hombres de la obra.

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