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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 933

—Vera.

Diego la llamó casi sin darse cuenta, y de inmediato aceleró el paso para acercarse y sostenerla por los hombros.

En su mirada apareció, de forma instintiva, un toque de profunda compasión.

—Diego…

Vera Ramos ni siquiera pudo terminar la frase antes de romper a llorar desconsoladamente.

Al verla en ese estado, Diego sintió que una oleada de emociones complejas y difíciles de nombrar le oprimía el pecho.

—Ven, vamos a hablar a mi oficina.

Vera se secó las lágrimas apresuradamente.

—Está bien.

Lo siguió en silencio escaleras arriba. Al observar la espalda del hombre que caminaba frente a ella, sintió cómo una inmensa piedra se le quitaba de encima.

Después de todo lo que había pasado, estaba convencida de que Diego no volvería a dirigirle la palabra.

Pero, para su sorpresa, él seguía mostrándole la misma preocupación de siempre. Aquel gesto la hizo sentir inmensamente aliviada.

Una vez en la oficina, Diego ordenó de inmediato que le trajeran algo de desayunar y un café caliente.

Tras comer en silencio y con los ojos llorosos, Vera se limpió los labios y apenas pudo contener el impulso de arrojarse a los brazos de Diego.

Sin embargo, él se había sentado bastante lejos, manteniendo una prudente distancia de seguridad.

—Diego, yo… yo pensé que ya nunca más te importarían mis cosas —sollozó ella, con la voz cargada de una mezcla de alivio y dolor.

Diego frunció el ceño, observándola fijamente.

—¿Cómo crees? Te he dicho que, pase lo que pase, siempre te he visto como a una hermana menor. Es imposible que te deje a tu suerte.

—Sin embargo, hay cosas en las que has cruzado la línea.

—Como aquel día en el Registro Civil. ¿Cómo se te ocurre lanzarle gas pimienta a Valeria?

—Menos mal que solo era gas pimienta. Si hubiera sido ácido, ¿te has detenido a pensar en las consecuencias?

—Ya no eres una niña, Vera. No puedes actuar siempre por impulsos. Ahora mismo, apenas puedo mantenerme a flote yo, así que no siempre podré estar ahí para sacarte de problemas.

Diego habló con un tono paternal y serio. Estaba molesto con ella, sí, pero al final del día, Vera seguía siendo la niña a la que había protegido desde que eran pequeños.

Al escucharlo, Vera levantó el rostro. Sus ojos, bañados en lágrimas, lo miraron con intensidad.

—Diego, sé que me equivoqué. Ese día… me dejé llevar por el impulso.

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