Después de decir esto, Javier soltó una carcajada, le pasó el brazo por los hombros a la otra persona y ambos se marcharon.
Sin embargo, ninguno de los dos notó que, tan pronto como subieron al taxi para irse, una camioneta oscura comenzó a seguirlos manteniendo una distancia prudente.
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Amaya y Romeo llegaron al famoso restaurante de moda. Apenas se habían sentado cuando Romeo recibió una llamada de César:
—Hermano, mis hombres lo siguieron hasta una zona residencial antigua en la parte este de la ciudad. Por ahora se está quedando ahí; está con un amigo y parecen llevarse muy bien.
—Ya le tomaron fotos, aunque no lograron captar bien la cara del otro sujeto. Te las enviaré a tu teléfono.
—Parece que se hospedará ahí, ¿quieres que mantengamos a alguien vigilando?
Romeo contestó:
—Deja a alguien montando guardia. Vigilen sus movimientos en los próximos días y vean con quién se reúne.
—Y si vuelve a ir a Oro & Noche o a Residencial Monte Verde, que me avisen con antelación.
César escuchó una suave música de fondo a través de la línea:
—Entendido, hermano. Oye, ¿por qué escucho música de fondo? ¿A qué lugar romántico llevaste a mi cuñada ahora?
Romeo sonrió:
—Al restaurante que me recomendaste, la traje a conocerlo.
El tono de César se llenó de pura envidia:
—Qué envidia, de verdad. Son la pareja perfecta, siempre disfrutando de la vida.
—Y yo aquí, pobre esclavo corporativo, partiéndome la espalda en la oficina todo el día. ¿Cuándo van a tener un poco de consideración por mí?
Amaya tomó el teléfono:
—César, este mes te duplicaré el bono. Además, avísales a todos: esta tarde yo invito a la oficina a tomar algo.
César estalló en carcajadas de pura felicidad:
—¿De verdad? ¡Esa es mi cuñada, siempre tan generosa!

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