En ese momento, los familiares de los dos heridos graves se acercaron enfurecidos. Cegados por la rabia, comenzaron a jalonear y golpear a Enzo y a Jimena.
—¡Fue esta mujer la que propuso salir al mar! ¡Ahora mi hijo tiene el brazo destrozado y ella tiene que pagar por eso! —gritó uno de ellos.
—¡Nos advirtieron que el mar estaba peligroso, ¿por qué demonios insistieron en ir?! ¡Ahora ustedes están ilesos, pero mi marido está en coma!
—¡Si a mi hijo le pasa algo, se los juro que los haré pagar con su vida!
En cuestión de segundos, el vestíbulo se llenó con los gritos y lamentos desgarradores de las familias.
Al ver la situación, las personas alrededor se apresuraron a intervenir para intentar contener a los familiares alterados.
Pero cuando la gente está consumida por la furia, es casi imposible detenerla. La escena se volvió un caos absoluto.
Jimena no paraba de gritar aterrorizada. Enzo la protegió detrás de él, recibiendo varios golpes contundentes en el rostro y el cuerpo. Un hombre tan arrogante y distinguido como él jamás había pasado por una humillación semejante. Solo pudo apretar la mandíbula y reprimir su furia.
Sin más opciones, Daniel Jiménez y su equipo intervinieron para separar a los familiares de Enzo.
—Por favor, cálmense todos. Lo hecho, hecho está. Ahora lo más importante es la atención médica y la recuperación. Les doy mi palabra de que nos haremos responsables de todos los gastos médicos.
Aunque las palabras de Daniel no solucionaban nada en ese instante, lograron apaciguar un poco la angustia de las familias.
Sin embargo, la señora Cortés no estaba dispuesta a escuchar.
—¡¿Y qué pasa con mi esposo?! ¡¿Quién me va a devolver a mi marido?! ¡¿Quién va a pagar por su vida?! —gritaba histérica.
Fue entonces cuando Jimena, al borde de un colapso nervioso por los golpes, estalló.
—¡Nadie los obligó a subirse a ese yate! ¡Fueron ustedes los que quisieron ir! ¡Cuando zarpamos, todos estaban felices! ¡¿Con qué derecho me echan la culpa ahora?!
Esas palabras fueron como echarle gasolina al fuego. La poca calma que Daniel había logrado se esfumó por completo.
Los familiares arremetieron de nuevo, insultando y lanzando golpes con más fuerza.
—¡Maldita descarada, todavía tienes el descaro de abrir la boca! ¡No te hagas la inocente, todos sabemos que ese cuento de ver el atardecer fue solo una excusa para satisfacer tus caprichos!
—¡Así es! ¡Crees que somos estúpidos! Todo el mundo sabe que lo único que querías era una cita romántica con este idiota para ver el sol esconderse. Como te daba vergüenza decirlo de frente, ¡nos usaste a nosotros de adorno!
—¡Par de sinvergüenzas! Uno tiene esposa y se revuelca con su asistente, y la otra es una trepadora que se le regala.
—¡Si querían matarse, debieron hundirse ustedes solos! ¡¿Por qué nos arrastraron a nosotros?!

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