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Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera romance Capítulo 27

Cuando el asistente hizo pasar a Daniel al despacho, Enzo seguía en su escritorio, concentrado en el trabajo.

La compañía había sido fundada por ambos; Enzo se encargaba del desarrollo tecnológico y de la gerencia, mientras que Daniel llevaba el área financiera y de marketing.

Se conocían desde la preparatoria, pero a diferencia del prestigio intelectual que tenían los Jara, la familia de Daniel era la clásica imagen del nuevo rico.

Años atrás, los Jiménez habían amasado una enorme fortuna especulando en la bolsa, comprando inmuebles y cobrando jugosas compensaciones por la expropiación de terrenos. A partir de ahí, diversificaron sus inversiones, expandiéndose lo suficiente como para acumular un capital verdaderamente abrumador.

Hoy en día, la familia de Daniel era una de las más reconocidas y poderosas de Puerto Serena.

Como heredero de semejante imperio, Daniel se había curtido desde niño en el arte de las inversiones. Por eso, cuando Enzo quiso lanzar su propia empresa de tecnología, pero se quedó corto con el capital para la escala que deseaba alcanzar, Daniel ni lo dudó y aportó de inmediato el dinero necesario.

En cuestión de unos pocos años, ambos habían convertido esa pequeña empresa en uno de los gigantes tecnológicos del país.

Sabiendo que el que entraba era Daniel, Enzo ni siquiera se molestó en levantar la vista y siguió trabajando.

Daniel estaba más que acostumbrado a esa actitud. Hizo un gesto para que el asistente se retirara, caminó tranquilamente hasta el escritorio y dejó el documento que Gabriela le había dado justo frente a los ojos de Enzo.

Interrumpido en su labor, Enzo preguntó con evidente molestia:

—¿Qué es esto?

Daniel se dejó caer perezosamente en el sofá, su voz rezumando desdén:

—Me lo dio Gabriela. Pidió que te lo entregara.

Al escuchar el nombre de Gabriela, los ojos de Enzo reflejaron fastidio. Y cuando leyó el título de "Acuerdo de Divorcio", su irritación se volvió aún más profunda.

—Qué ridícula —soltó una risa seca, y sin dudarlo, tomó los papeles y los pasó por la trituradora que tenía a su lado.

Daniel vio cómo la máquina destrozaba los papeles y alzó una ceja.

—Vaya, la mujer vino hasta aquí para entregarlos en persona, ¿y tú simplemente los destruyes sin leer ni una sola línea?

Enzo volvió a enfocarse en sus documentos, respondiendo con indiferencia:

—¿Qué sentido tiene leerlos? Seguro imprimió cualquier tontería que bajó de internet.

Daniel jugueteó con su corbata.

—¿Y no temes que de verdad quiera divorciarse?

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