Lourdes Mayén acababa de regresar a su oficina cuando recibió fotos en alta resolución de su esposo, Tristán Carranza, junto a Ivana Barreto. Las fotos eran anónimas y no había ningún chisme en internet. La provocación era evidente; no hacía falta decir quién las había enviado. Tras pensarlo un poco, llamó a Tristán.
El celular sonó un buen rato antes de que él contestara. Se escuchaba mucho silencio de fondo, señal de que se había alejado de los demás.
—¿Te eché a perder la fiesta llamándote a esta hora? —preguntó Lourdes con un tono indiferente, pero manteniendo cierta cortesía.
—¿Qué pasa? —respondió Tristán con frialdad.
—La policía me acaba de avisar que atraparon al que robó mi tarjeta negra. Como tú eres el titular, necesitas ir en persona.
—Eres mi esposa, tienes toda la autoridad para resolverlo.
Lourdes frunció el ceño y su voz se suavizó de golpe:
—El que robó la tarjeta fue Matías Ibarra.
Matías era su exnovio, un ludópata con tendencias violentas. A Lourdes le había costado muchísimo trabajo acercarse a Tristán en aquel entonces. Tristán tampoco era una perita en dulce; le había tendido una trampa en el casino y le había cortado dos dedos a Matías. Después de eso, Matías desapareció, hasta que hace poco volvió a dar la cara para amenazar a Lourdes.
Oasis Capital estaba en su mejor momento, y además, Tristán estaba a punto de regresar a la familia Carranza. En un momento tan crítico, cualquier escándalo le jugaría en contra.
—Voy para allá —dijo él.
—Pásame la dirección, yo paso por ti —ofreció Lourdes mientras tomaba las llaves del coche y se ponía de pie.
Tristán no se opuso y le dio la dirección.
Una hora más tarde, la animada fiesta en la mansión se vio interrumpida por la repentina llegada de Lourdes.
Todos los presentes eran amigos del círculo de Tristán, aunque había algunas caras nuevas. Sin embargo, todos conocían a Lourdes; a fin de cuentas, siempre acompañaba a Tristán en cualquier evento público.
En ese momento, Ivana, que era el centro de atención, vio aparecer a Lourdes y su radiante sonrisa se congeló.
Lourdes le lanzó una mirada que fingía disculpa y luego fijó sus ojos en Tristán, que estaba a su lado.
Ivana palideció. Había sido un error de cálculo no investigar bien a Lourdes antes de regresar. Nunca imaginó que ella se presentaría en persona para llevarse a Tristán, y mucho menos que él realmente la seguiría.
Al salir de la mansión, Lourdes puso el GPS directo a la delegación.
Tristán, sentado en el asiento del copiloto, no dejaba de mirarla. En sus labios se asomaba una sonrisa intrigada; lo que acababa de hacer era la mayor locura desde que se habían casado.
—¿Te enojaste, Lourdes?
—Para nada. Si no fuera algo urgente, no los habría interrumpido —se rio Lourdes con suavidad, manteniendo su fachada de arrepentimiento.
El rostro frío de Tristán no mostró ninguna otra emoción, y no cruzaron ni una palabra más.
Al llegar a la delegación, Lourdes vio a lo lejos a Matías, esposado y sentado junto a la pared.
En cuanto la vio, Matías dio un brinco, alterado, y le clavó una mirada cargada de furia y resentimiento.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Admítelo: Me Amas Más