—¡Esta tarjeta me la dio ella, no la robé! ¡Es mi exnovia...!
Lourdes caminaba al lado de Tristán, luciendo dócil y tranquila. Le sostuvo la mirada con una expresión de total inocencia cuando él bajó la vista hacia ella.
—No es cierto, está mintiendo. Jamás le daría mi tarjeta.
—Señor Carranza, ya recuperamos la tarjeta, pero gastó cien mil pesos que por el momento no se pueden recuperar —dijo el policía, lanzándole una mirada de sospecha a Lourdes—.
El asunto sigue bajo investigación. Como la señora Lourdes Mayén está involucrada, tendrá que responder algunas preguntas.
Tristán le dio unas suaves palmadas en la cintura a Lourdes:
—Si es así, entonces coopera con las autoridades.
Luego, Lourdes siguió a un oficial a otra sala.
Cuando la mirada gélida de Tristán se posó sobre el alterado Matías, este se calló en un segundo. La mano donde le faltaban los dedos empezó a punzarle de forma inexplicable.
Una hora después, Lourdes salió.
Con la última pieza de evidencia en su lugar, el destino de Matías estaba prácticamente sellado.
—¡Lourdes! ¿Se te olvida cuántas fotos tuyas tengo? ¡¿Cómo te atreves a hacerme esto?! —le gritó Matías, fuera de sí, mientras los policías se lo llevaban.
Lourdes miró al oficial frente a ella:
—En estas circunstancias, podemos presentar cargos, ¿verdad?
—Por supuesto, están en todo su derecho.
Y así, el asunto de Matías quedó resuelto.
Ambos regresaron al coche, y Tristán le sujetó la mano que ella tenía sobre el volante.
—La extorsión solo le dará unos cuantos años en la cárcel, volverá a salir. ¿Era realmente necesario llegar a esto?
—Estás a punto de regresar a la familia Carranza. En un momento así, Matías suelto solo traería problemas. —Lourdes bajó la mirada para ocultar la frialdad en sus ojos.
—¿Y qué va a pasar en unos años? ¿Esperas que yo siga limpiando tu desastre?
Lourdes esbozó una sonrisa amarga:
—Quizás para entonces ya estemos divorciados. De todos modos, este lugar siempre le perteneció a Ivana.
Lourdes asintió y manejó hasta debajo de un puente cerca del parque del río, un lugar casi desierto. En esa época del año, el viento soplaba fuerte por ahí y nadie se acercaba.
Apenas apagó el motor, Lourdes se bajó a contestar una llamada, sin darse cuenta de la mirada penetrante con la que Tristán la observaba desde atrás.
—Lourdes, ven acá.
Tras colgar, Lourdes se acercó a él de manera dócil:
—¿Quieres que vaya a comprarte algo de tomar?
Tristán no respondió; en su lugar, le amarró las muñecas con la corbata.
Lourdes frunció el ceño:
—Señor Carranza...
Tristán tiró de ella con fuerza hacia el interior del coche y la inmovilizó contra el asiento sin ningún esfuerzo:
—Dime Tristán.

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