—Tristán, estamos en la calle...
Aunque Tristán solía ser impulsivo y no le importaba el lugar, era la primera vez que lo hacían a plena luz del día en un coche estacionado en la calle.-
Los ojos profundos de Tristán eran un mar de emociones indescifrables para Lourdes, pero ella podía notar claramente que estaba de muy mal humor.
Él le apretaba las muñecas, manteniéndola atrapada por completo.
Le arrancó la ropa casi con brutalidad. Lourdes intentó resistirse un poco; tenía dignidad, y era obvio que él solo quería usarla para desquitar su coraje.
Le causaba tanto asco emocional como incomodidad física.
Finalmente, el hombre se detuvo. Soltó un suspiro de fastidio, se apartó y salió del coche para contestar el celular.
Lourdes se sentó despacio, con la mirada fija en la espalda del hombre.
No hacía falta ser adivina para saber que la llamada era de Ivana. La mirada de Lourdes se ensombreció; realmente le fastidiaba esa competencia venenosa entre mujeres.
Pero si Ivana empezaba a amenazar su posición y sus intereses, tendría que devolvérsela.
Al colgar, Tristán se dio la vuelta y regresó.
—Era Ivana, ¿verdad? Te llevo —dijo Lourdes mientras se vestía y hacía el amago de bajarse del asiento trasero, sin darle tiempo de hablar a Tristán.
Parecía no darse cuenta de que la cara del hombre ya era de puro hielo.
Al segundo siguiente, la mano con la que Lourdes se apoyaba en la puerta fue agarrada con brusquedad. La fuerza la hizo hacer una mueca de dolor y lo miró sin entender.
—¿Tristán?
—Creo que te hace falta que te pongan en tu lugar. —Tristán se inclinó hacia ella con una mirada que parecía querer matarla.
Al toparse con esa mirada asesina, a Lourdes se le cortó la respiración y retrocedió asustada.
La llamada de Ivana terminó olvidada en medio del desenfreno dentro del coche.
El espacio reducido del auto le dio un toque intenso, pero fue agotador. Lourdes casi sintió que iba a morir ahí mismo.
Cuando volvió a abrir los ojos, ya estaba en la Residencia Umbría.
Afuera ya había anochecido y en la habitación reinaba un silencio donde solo se escuchaba su propia respiración.
—La verdad, la mejor forma de embarazarte rápido es disparar a todos lados. Aunque no lo hagan diario, si lo hacen un día sí y uno no, las probabilidades suben más de un cincuenta por ciento.
Llevaba apenas un par de meses con la urgencia de tener un hijo, y lo quería para ya.
Lourdes lo pensó un momento y soltó una carcajada:
—Entonces, me voy a morir de cansancio.
—El que se cansa es el hombre, no tú. Además, si lo traes agotado, no le va a quedar energía para andar con otras.
Lourdes soltó un murmullo de cansancio.
—¿Pero me pregunto, por qué de repente te dio por tener un hijo? —preguntó Violeta después de un rato. Llevaba tiempo con esa duda.
Alguien tan calculadora como Lourdes no parecía el tipo de mujer que usaría a un bebé para amarrar a un hombre.
La mirada de Lourdes se ensombreció:
—Tristán y yo tenemos un acuerdo prenupcial. Si nos divorciamos, me quedo en la calle. Pero un hijo no entra en ese acuerdo. Aunque nos separemos, mi hijo siempre tendrá derecho a su herencia. Es mi plan de respaldo.

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