Noah se encontraba en la sala de espera, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Altagracia permanecía a su lado, manteniendo una postura rígida, con esa elegancia severa que no la abandonaba ni en los momentos de mayor incertidumbre, porque no podía negarse que la mujer era bella y educada. Los estudios a los que habían sometido a Mariana finalmente habían terminado, y el silencio de la espera se sentía como una cuerda tensándose alrededor del cuello de Noah. El hecho de que ella no hubiera recuperado el habla le devolvía un poco de aire a los pulmones, pero esa tranquilidad se desvanecía cada vez que veía aparecer la bata blanca de un médico. Su propia culpa, mezclada con una paranoia constante, le hacía pensar que en cualquier momento el doctor dejaría de hablar de términos médicos para señalarlo directamente como el responsable de haberla arrojado al vacío.
En cuanto el médico apareció con una carpeta de papeles en la mano, Noah y Altagracia se pusieron de pie de un salto. Noah forzó una expresión de angustia, buscando que sus ojos reflejaran la desesperación de un esposo devoto, mientras por dentro su corazón latía con una violencia descontrolada.
—Señor Campbell, ya tenemos los resultados de las pruebas de columna —dijo el médico, abriendo el expediente—. Los daños en las vértebras lumbares son severos. Mariana ha sufrido una compresión que afectó seriamente los nervios.
Noah tragó saliva, manteniendo la mirada fija en el hombre, esperando el golpe final.
—¿Va a poder caminar? —preguntó Noah, con la voz quebrada de forma ensayada.
—Va a requerir meses de terapia intensiva, al menos cuatro meses de rehabilitación estricta solo para ver si logra ponerse en pie de nuevo —explicó el doctor, con un tono sombrío—. Sin embargo, debo ser honesto con ustedes: la recuperación será extremadamente lenta y es muy probable que no vuelva a realizar sus actividades cotidianas de forma normal. Su movilidad quedará limitada de manera permanente en varios aspectos.
Altagracia apretó los labios, bajando la mirada mientras una sombra de tristeza genuina cruzaba su rostro. Pero el médico no había terminado de hablar. Carraspeó un poco antes de mirar a Noah con una mezcla de desconcierto y lástima.
—Y eso no es todo. Físicamente, sus cuerdas vocales no presentan un daño que justifique su incapacidad para comunicarse. Creemos que Mariana está sufriendo un trauma psicológico profundo, un bloqueo que le impide hablar. Es un mutismo derivado del estrés postraumático del accidente. Tendremos que tratar esto con especialistas en salud mental conforme avance su recuperación física.
—Sabes perfectamente que los accidentes ocurren, Mariana. Y ocurren de las formas más inesperadas —susurró Noah, con una voz gélida que le erizó la piel—. Tu nana es una mujer mayor, ¿no es así? Sería una verdadera lástima que ella también sufriera una caída o un percance doméstico mientras tú estás aquí encerrada. Tal vez debas seguir guardando ese silencio tan conveniente si quieres que ella siga a salvo.
Mariana sintió cómo las lágrimas comenzaban a rodar por sus sienes, perdiéndose en su cabello. El pánico le oprimía el pecho, pero su garganta seguía siendo una tumba sellada. Intentó mover las manos para apartarlo, pero Noah le sujetó las muñecas con fuerza, manteniendo la sonrisa mientras disfrutaba de su agonía.
—Eso es. Llora todo lo que quieras, pero recuerda lo que te dije. Tu silencio es el seguro de vida de la gente que quieres, o mejor dicho, de la única familia que tienes —añadió él, dándole una última palmadita en la mejilla.
Noah se puso de pie, se arregló la chaqueta con total parsimonia y le dedicó una última mirada de triunfo antes de salir de la habitación. Caminó por el hospital con la frente en alto, sintiéndose el dueño del destino de todos los que lo rodeaban. Salió al exterior, donde el auto lo esperaba para llevarlo de regreso a la mansión Campbell, convencido de que, mientras Mariana no pudiera hablar y no pudiera caminar, su inocencia y su secreto estaban a salvo. La rabia que Mariana sentía, el odio que emanaba de sus ojos, solo servía para alimentar el ego de un hombre que no conocía límites cuando se trataba de proteger su propia piel.

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