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Atada a un Hombre Mayor romance Capítulo 23

Antes de que Emma pudiera ponerse la playera de Benedict, tocaron a la puerta con suavidad.

Ella frunció el ceño. Por un segundo pensó que era él de regreso, pero la voz al otro lado la hizo reaccionar, además recordó que Benedict jamás llamaba a la puerta.

—Señorita, el médico ha vuelto.

Emma abrió la puerta de inmediato. Lo había olvidado por completo. El hombre entró con su maletín, serio, profesional. Ella se sentó en el borde de la cama mientras él comenzaba a hacer preguntas de rutina. Desde cuándo sentía las molestias, si había tenido mareos antes, si había sangrado, si había discutido o vivido alguna situación estresante.

Emma respondió con calma, aunque cada respuesta la llevaba de nuevo a cada discusión con Noah.

El médico asintió varias veces. Suspiró hondo y soltó al fin:

—Necesita reposo. Nada de alteraciones, nada de discusiones. Está en semanas delicadas. Aún no supera el primer trimestre y cualquier sobresalto puede afectar el embarazo.

Emma tragó saliva.

—¿Está en riesgo? —preguntó alarmada.

—No ahora. Pero si no descansa y no se cuida, podría estarlo. Evite el estrés. Evite enojos. Su cuerpo ya tiene suficiente trabajo —declaró el hombre ajustando sus gafas.

Emma asintió.

—Entiendo.

El médico cerró su maletín.

—Estoy a su disposición. Si vuelve a sentir punzadas o mareos, deben llamarme de inmediato.

Se marchó dejando la habitación en silencio otra vez.

Emma cerró la puerta con cuidado. Se quedó un momento mirando el suelo. Evitar el estrés. Evitar enojos. Sonaba casi ridículo dentro de esa casa.

En la cocina, Benedict estaba de espaldas a la puerta. Había arremangado las mangas de la camisa y preparaba algo ligero. Cortó fruta con movimientos precisos, abrió un yogur, armó un sándwich sencillo y llenó una charola de esos bocadillos para Emma. Cuando escuchó el sonido leve de unos pasos.

No se giró de inmediato.

Mariana estaba apoyada junto al refrigerador. Llevaba el camisón corto cubierto apenas por una bata suelta que dejaba ver más de lo que ocultaba. Abrió la puerta del refrigerador con lentitud, tomó un cartón de leche y, al cerrar, pasó junto a él rozando deliberadamente sus nalgas contra su cuerpo.

Benedict se apartó de inmediato.

—¿Qué carajos crees que haces?

Mariana sonrió con inocencia fingida.

—Solo quería un poco de leche —respondió con tono suave, casi divertido.

Sus ojos bajaron al plato que Benedict sostenía. Y ese semblante delicado cambió por uno mucho más hostil.

—Vaya… tratas muy bien a la pobretona que tienes por prometida —murmuró, ladeando la cabeza—. No puedo negar que me dan celos.

Se acercó un paso más. Su mano subió por el pecho de Benedict con lentitud, deslizando los dedos sobre la tela de su camisa.

—No me digas que de verdad te gusta esa imbécil —susurró—. Estoy segura de que ni siquiera te complace como se ve que a ti te gusta. Te gusta rudo… ¿no es así?

Benedict atrapó su muñeca antes de que siguiera subiendo. La tomó con fuerza.

—No te atrevas a poner a Emma en tu sucia boca.

Mariana frunció los labios.

—No me digas que te interesa en serio. ¿De verdad vas a conformarte con ella? —se inclinó un poco más—. Es una mustia.

Benedict apretó más su muñeca. Ella dejó escapar un quejido.

—Perdiste la oportunidad de comprobar lo que a mí me gusta el día que decidiste follar con mi sobrino.

Mariana lo miró con rabia.

—¿Y no crees que ella quería lo mismo? ¿No te parece extraño que mientras trabajaba con Noah se enredara contigo?

—Emma no es una arpía como tú —declaró con la voz grave. No negaría que hubo un tiempo en que se sintió atraído por ella. Pero eso era cosa del pasado.

—No serás feliz con ella —espetó Mariana, intentando liberarse—. No te dará lo que buscas. No tiene clase, no tiene carácter. Yo sí podría darte todo lo que disfrutas.

—No digas estupideces. Estás esperando un hijo de mi sobrino. Deja de comportarte como una ramera.

Benedict la soltó solo para volver a sujetarla cuando intentó levantar la mano para golpearlo.

Mariana lo miró con odio.

—No me hables como si yo no pudiera elegir.

—Pues elegiste. Y ahora llevas un hijo suyo.

Ella intentó zafarse otra vez.

—No vas a ser feliz con ella —repitió cuando logró zafarse de su agarre—. No voy a permitir que lo seas.

Benedict se inclinó apenas hacia ella, bajando la voz.

Emma dejó el melocotón sobre el plato.

—Lo digo en serio —expuso elevando ambas cejas—. ¿Dormiremos en la misma cama?

Él caminó hacia la cama, acercándose sin prisa. Se detuvo frente a ella, de pie, tan cerca que podía sentir su calor.

—¿Esperabas que durmiera en el sofá? —preguntó señalando con la cabeza el mueble amplio junto a la ventana.

—Estaremos casados por un largo rato. No pienso dormir en un maldito sofá durante meses.

Emma bajó la mirada un segundo.

—Yo podría dormir ahí —dijo con seguridad. El sofá era grande y no parecía ser incomodo.

—No —respondió firme—. Aunque no debes preocuparte. Me encontré con el médico abajo. Dijo que nada de esfuerzos esta noche. Así que al menos hoy estás a salvo.

El tono burlón le arrancó un leve rubor.

Emma tomó otro trozo de fruta para evitar mirarlo. Lo llevó a los labios, pero antes de que pudiera morderlo, Benedict se inclinó y lo atrapó con la boca.

El contacto fue breve. Sus labios rozaron los de ella apenas un segundo, suficiente para que el calor le subiera hasta las mejillas.

Emma se quedó inmóvil.

Benedict no se apartó de inmediato. La miró desde muy cerca.

—Somos adultos, Emma. No eres una joven virginal —mencionó viendo un momento a su vientre aún plano—. Y estoy seguro de que tampoco te soy indiferente. No hay nada que nos impida disfrutar. Es mejor sin sentimientos de por medio.

Su voz bajó un tono. Se inclinó un poco más, su rostro quedando a centímetros del suyo.

—Aunque no me gustaría que gimas el nombre de mi sobrino mientras soy yo quien te está follando, Incluso para mí eso sería demasiado.

Su mano se apoyó en el colchón, justo al lado de la rodilla de ella.

—Así que esperare a que seas tú quien esté dispuesta a sacarte a ese idiota de la cabeza… a que estes dispuesta a que sean mis manos las que estén sobre tu cuerpo… o mis labios los que estén sobre los tuyos.

El silencio se volvió espeso entre los dos.

Emma sintió el pulso en la garganta. No sabía si era rabia, deseo o ambas cosas mezcladas. Noah aún era una herida abierta, pero Benedict estaba ahí, firme, seguro, provocador. Y las hormonas del embarazo le jugaban en contra.

Él no se movió. Pero tampoco la tocó. Parecía un lobo hambriento esperando a que el dulce conejo terminara de romper la distancia.

—Solo tienes que pedirlo.

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