Emma llevó el plato de fruta a la cocina casi intacto. Apenas había probado un trozo de manzana antes de que el apetito se le fuera por completo. El hambre que había sentido al despertar desapareció en cuanto Benedict la llamó para decirle que esa noche tendrían una cena con su padre. Una cena donde estarían Noah y su esposa.
El estómago se le revolvió de inmediato. Tuvo que apoyarse en la encimera unos segundos para respirar despacio y evitar que las náuseas regresaran. No era solo el embarazo. Era la idea de sentarse en la misma mesa que ellos, verlos juntos, escuchar sus voces fingiendo normalidad.
—Claro —respondió cuando Benedict le informó—. Estaré lista.
Su voz sonó firme. Mucho más de lo que se sentía por dentro.
Al mal paso se le daba prisa. Y eso era lo que tenía que hacer. No podía seguir huyendo. Tarde o temprano tendría que enfrentarlos a diario. Cuando se convirtiera en la esposa de Benedict, vería esa mansión todos los días. Vería el vientre de Mariana crecer al mismo tiempo que el suyo. Dos embarazos avanzando en paralelo. Recordándole que el infeliz de Noah las había embarazado al mismo tiempo.
Cerró los ojos un instante y dejó que la rabia la estabilizara.
No podían verla demacrada, no tenía que darles oportunidad de burlarse de ella.
Decidida fue a su habitación y abrió el armario. Eligió un vestido ajustado, negro, que abrazaba sus curvas sin caer en lo vulgar. Marcaba su cintura, se ceñía a sus caderas y caía recto hasta debajo de las rodillas. Era elegante, pero sugerente. Se maquilló con cuidado para cubrir la palidez, se colocó rubor para devolverle color al rostro, terminando en sus labios, con un tono profundo que la hacía ver más segura de lo que estaba.
Se miró al espejo largo unos segundos.
Noah no la vería destruida. La vería firme. Y vería que su atención estaba puesta en otro hombre. En Benedict. El hombre que se convertiría en el padre de su hijo ante los ojos del mundo.
A las siete en punto escuchó la puerta abrirse. Emma aún estaba frente al espejo cuando percibió su presencia detrás. Pronto su figura se reflejó en el cristal.
Se quedó quieto unos segundos observándola sin disimulo. La recorrió de arriba abajo con esa mirada directa que lo mostraba fascinado. Emma mantuvo el contacto a través del espejo. Sintió cómo algo le tensaba la piel. Aunque no sabía describir que era.
Se dio la vuelta despacio, pero Benedict no apartó los ojos grises de ella. Por el contrario, bajó la mirada por el escote discreto, por la línea de su cintura, por la forma en que el vestido dibujaba sus caderas. Se acercó un paso. Emma notó que se le aceleraba el pulso, aunque mantuvo el mentón en alto.
—Vamos. Conociendo a mi padre ya nos está esperando.
Emma asintió y tomó su bolso. Lo siguió hasta el elevador sin decir más.
Cuando el vehículo cruzó las rejas de la mansión Campbell, sintió que el corazón le daba un golpe contra las costillas.
Y es que era inevitable recordar lo patética que se vio aquel día, cuando tenía la intención de gritarle a todos que ese hombre tenía una relación con ella.
Antes de que pudiera pensar más, Benedict entrelazó sus dedos con los suyos. Lo hizo con naturalidad, como si fuera lo más lógico del mundo. El gesto la tomó por sorpresa. Su mano era grande, firmes. El contacto la estabilizó más de lo que esperaba.
—Tranquila —murmuró bajo.
Emma respiró hondo y lo dejó guiarla al interior.
El salón principal los recibió con luces cálidas y una calma demasiado formal. Robert estaba de pie, junto a una mesa auxiliar. Su mirada era seria, calculadora. Ahora que no había música ni estaba el bullicio de un mar de desconocidos, Emma se permitió observar con atención al hombre. Era como una versión mayor de Benedict. Aunque su semblante no se notaba tan oscuro como el de su hijo.
Benedict soltó la mano de Emma solo lo suficiente para acercarse a su padre.
—Buenas noches, padre.
Robert asintió apenas y luego dirigió la vista hacia ella.
—Buenas noches, Emma.
Emma dio un paso al frente y extendió la mano.
—Buenas noches, señor Campbell.
Robert tomó su mano. La observó unos segundos con atención.
—Espero que esta vez podamos conocernos mejor —mencionó el hombre con su voz grave.

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