Catalina contuvo el aliento al escuchar esa voz que seguía siendo tan grave y profunda como la recordaba en sus sueños más antiguos. Sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa nocturna de la terraza, sino con el peso de una nostalgia que se le instaló en los ojos apenas se atrevió a girar el cuerpo. Robert Campbell estaba allí, a pocos pasos, observándola con una intensidad que parecía querer atravesar las décadas de ausencia. Él la veía y, en su mente, el tiempo se doblaba sobre sí mismo; Catalina seguía siendo tan hermosa como en el pasado, conservando esa elegancia natural que los años no pudieron arrebatarle, solo suavizar.
Robert pensó en Emma. Cuando la conoció semanas atrás, se había quedado mudo, analizando ese rostro con una mezcla de desconcierto y sospecha. Se dijo a sí mismo que era una locura, una coincidencia imposible de la genética, pero Emma era idéntica a la Catalina que él amó cuando era joven. Por eso Robert la observaba tanto durante la cena, buscando en los rasgos de la nieta el fantasma de la abuela. Catalina, por su parte, al ver a Benedict esa tarde y perderse en esos ojos grises tan familiares, no pudo evitar pensar en Robert desde el primer segundo. Lo había asimilado en silencio, pero todo terminó de cuadrar cuando vio la invitación con el apellido Campbell grabado en letras doradas; parecía que estaba destinada a tener cerca a los portadores de ese linaje, sin importar cuánto intentara huir.
—Sí, Robert. Ha pasado mucho tiempo —dijo Catalina, y su voz tembló con la fragilidad de un cristal a punto de romperse.
En aquel entonces, estaban profundamente enamorados, con esa intensidad ciega que solo pertenece a la juventud. Pero la familia de Robert, obsesionada con el estatus y la pureza de su fortuna, le hizo la vida imposible a Catalina. La humillaron en eventos públicos, la acosaron en la intimidad de su hogar y llegaron a amenazarla con destruir lo poco que tenía si continuaba con él. Ella era pobre, una mujer trabajadora sin un apellido que la respaldara, y él era el heredero de un imperio que no permitía intrusos. La presión fue tal que Catalina, rota por el miedo y el cansancio de ser el blanco de tanto odio, decidió romper la relación sin darle explicaciones profundas, huyendo lejos para proteger lo que quedaba de su dignidad. Fue una historia trágica, marcada por cartas que nunca llegaron y despedidas que se quedaron atragantadas en la garganta. Sus familias se encargaron de mantenerlos en mundos distintos, pero ese encuentro en la terraza parecía demostrar que el tiempo no se había movido ni un milímetro.
—Cuando vi a tu nieta por primera vez, creí que me estaba volviendo loco —confesó Robert, dando un paso hacia ella, rompiendo la distancia de seguridad—. Tiene tu misma mirada, Catalina. Esa forma de desafiar al mundo sin decir una palabra.
Catalina apretó sus manos contra la baranda de mármol, sintiendo que el pasado la golpeaba con la fuerza de una marea.
—Emma no sabe nada de nosotros, Robert. Y prefiero que siga así. No quiero que su vida se complique más de lo que ya está por culpa de lo que nosotros no pudimos ser. Me duele verla aquí, vinculada a tu hijo, sabiendo lo que este apellido le hace a la gente que no pertenece a su casta.
Robert soltó una risa amarga, una que no contenía alegría, sino el eco de muchas decepciones acumuladas.
—Benedict es distinto a mí, pero es igual de obstinado. Cuando me dijo que se casaría con ella, algo en mi interior se removió. Ahora entiendo por qué. El destino tiene formas muy retorcidas de cerrar los círculos que dejamos abiertos. Ella lleva mi sangre en su vientre, Catalina. Eso la vincula a mí de una forma que ni tú ni yo pudimos lograr.

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