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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 199

​El olor del café por las mañanas, que antes era su parte favorita del día, se había convertido en el primer enemigo de Elara.

​Dejó la taza intacta sobre la encimera de la cocina y se apoyó contra el mueble, esperando a que el leve mareo que le subía por la boca del estómago se disipara. Solo eran seis semanas de embarazo, pero su cuerpo ya empezaba a dictar sus propias reglas, ajeno a la rigurosa agenda médica que ella pretendía mantener en su clínica.

​Unos pasos firmes y pausados rompieron el silencio de la planta baja. No le hizo falta darse la vuelta para saber que era él; el magnetismo de Dante siempre llenaba la habitación antes de que él siquiera hablara.

​Dante cruzó el umbral vestido con su traje de sastre gris oscuro, impecable, aunque traía la corbata un poco floja. Se detuvo en seco al ver la taza de café llena y el rostro ligeramente pálido de Elara. Sus cejas se juntaron de inmediato.

—¿Estás bien? —preguntó, con un matiz de genuina preocupación en la voz.

​—Estoy bien, solo es el desayuno —respondió Elara, forzando una sonrisa ligera mientras se enderezaba—. En cuanto tome un poco de agua se me pasará. Tengo pacientes citados en cuarenta minutos y varias altas que ....

Dante no la dejó terminar. Caminó hacia ella, le rodeó la cintura con una mano y le tocó la frente con el dorso de la otra, analizando la temperatura de su piel con una atención que a ella le erizó la piel.

​—No vas a ir a la clínica hoy —sentenció él. Su aliento rozó su sien cuando la atrajo más hacia su pecho, pegándole los labios en el cabello—. Me vas a volver loco, Elara. Pensar en lo que viene... No voy a permitir que te agotes. Hablo en serio.

​—Dante, soy la directora médica. No puedo dejar los informes colgados ni reprogramar las consultas así como así.

​—A partir de hoy, vas a tomártelo con calma —replicó él, soltándola despacio pero manteniendo una distancia mínima—. Hablé con tu jefa de enfermeras y con tu asistente esta mañana antes de bajar.

​Elara parpadeó, sorprendida. La mandíbula se le tensó levemente en un reflejo automático.

​—¿Hiciste qué? —preguntó, soltando una risa incrédula mientras dejaba caer las manos a los costados.

​—Pedí que todo lo que requiera tu firma o cualquier documento importante llegue directamente a la casa —continuó él, sin inmutarse ante su mirada de reproche—. Tienes un equipo médico excelente capaz de resolver las urgencias diarias. No quiero discusiones con esto, Elara. Eres doctora, sabes perfectamente que el primer trimestre requiere descanso, y tú no sabes lo que es eso cuando pisas esa clínica.

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