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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 5

La habitación principal de la mansión Vance no era un dormitorio; era un monumento a la frialdad y al poder absoluto. Paredes de color gris tormenta que parecían absorber la escasa luz de la luna, muebles de líneas agresivas tallados en maderas oscuras y un ventanal de techo a suelo que mostraba una ciudad que a Elara le parecía una cárcel de luces parpadeantes. Elara entró arrastrando los pies, todavía con el vestido de seda negra manchado de vino seco, sintiéndose como un insecto bajo la lente de un microscopio. El lujo que la rodeaba no le ofrecía confort, sino una opresión que le dificultaba llenar los pulmones.

Dante ya estaba allí, moviéndose con la familiaridad de un depredador en su guarida. Se había quitado la chaqueta del esmoquin, arrojándola con desdén sobre una silla de cuero, y ahora se desabrochaba los puños de su camisa de seda blanca con una parsimonia aterradora. Sus movimientos eran precisos, lentos, cargados de una amenaza latente que mantenía a Elara paralizada cerca de la puerta. Él ni siquiera se molestó en mirarla cuando ella cerró la cerradura tras de sí, como si su presencia fuera apenas un estorbo necesario en su paisaje personal.

—El vestidor está tras esa puerta —dijo él finalmente, señalando con un gesto seco y autoritario—. Quítate eso. Me revuelve el estómago ver ese vestido en ti.

Elara obedeció en silencio, con la cabeza gacha. En el vestidor, un espacio que por sí solo era más grande que su antiguo dormitorio, encontró una bata de algodón burdo y gris que alguien había dejado estratégicamente para ella sobre un estante de mármol. No era seda, no era encaje, ni siquiera era una prenda de su talla. Era la ropa de una prisionera, diseñada para despojarla de cualquier rastro de feminidad o atractivo. Se cambió con dedos temblorosos, sintiendo cómo el algodón áspero rozaba su piel irritada por el vino y el roce del corsé.

Al regresar a la habitación principal, encontró a Dante sentado en el borde de su cama inmensa, bebiendo un vaso de agua helada que parecía brillar bajo la luz de la luna. Sus hombros eran anchos, su espalda una pared de músculos tensos bajo la camisa entreabierta.

—¿Dónde... dónde voy a dormir? —preguntó Elara. Su voz era apenas un hilo, un susurro que se perdió casi instantáneamente en la inmensidad de la estancia.

Dante dejó el vaso sobre la mesilla de noche con un golpe seco que resonó como un disparo. Sus ojos, oscuros y cargados de un rencor que parecía alimentarse de las sombras, recorrieron la figura de la joven con un desprecio absoluto.

—Te lo advertí en la cocina, Camila. El suelo es más de lo que mereces por tus crímenes, pero servirá para que no olvides ni un segundo quién eres y por qué estás aquí —respondió él, su voz vibrando con una crueldad metálica. Con un movimiento brusco, lanzó una manta delgada y una almohada plana hacia los pies de la cama—. Ahí. Ese es tu sitio. Y que te quede claro: no quiero que te acerques a menos de dos metros de mi cama. Si intentas usar tus artes de seducción para subirte mientras duermo, te juro que desearás no haber nacido.

Elara apretó la manta contra su pecho, sintiendo las lágrimas agolparse tras sus párpados. El mármol del suelo estaba helado, enviando descargas de frío punzante a través de las plantas de sus pies descalzos. Se sentía pequeña, insignificante, una hormiga bajo la bota de un gigante caprichoso.

—¿Tanto me odia? —susurró ella, incapaz de contener la pregunta que le quemaba la garganta—. Ni siquiera me conoce, señor Vance. No sabe nada de mi vida real, de las noches que pasé en vela rezando, de los sacrificios que hice para que mi padre tuviera un día más...

Dante se puso en pie de un salto, acortando la distancia entre ellos con una velocidad que la hizo retroceder hasta que su espalda chocó violentamente contra la pared fría. Se detuvo justo antes de tocarla, manteniendo una distancia mínima, como si ella fuera una fuente de infección letal que pudiera contaminar su linaje.

Capítulo 5 1

Capítulo 5 2

Capítulo 5 3

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