Los pasillos de la residencia guardaban las huellas de los últimos cinco años: marcos con fotografías de sus viajes a la playa, dibujos coloridos pegados en la cocina y un perchero donde las chaquetas de Dylan colgaban un poco más abajo que las de los gemelos. Mateo y Amara se habían convertido en el eje protector del más pequeño. Mateo vigilaba que Dylan no olvidara sus juguetes por el jardín, mientras Amara no se separaba de él, disfrutando de cada momento a su lado.
El sol de la tarde iluminaba el jardín. Recostados en las tumbonas frente al césped, Dante y Elara se mantenían abrazados, disfrutando de la brisa. Él la atrajo contra su pecho, inclinándose para susurrarle al oído lo hermosa que estaba. Elara le dedicó una sonrisa mientras apoyaba su mano en la cintura de él, con la vista fija en sus hijos.
Unos metros más adelante, Dylan corría persiguiendo un coche a radio control que Mateo manejaba desde la distancia. El pequeño reía con fuerza cada vez que el vehículo esquivaba los árboles del jardín.
La calma del lugar se rompió cuando Amara apareció por el camino lateral del jardín, viniendo directamente de la calle tras regresar de su entrenamiento. Traía la raqueta en la mano y el cabello recogido en una coleta alta. Sus movimientos reflejaban la disciplina que practicaba en el club, pero en ese momento, su rostro mostraba un enfado monumental. Caminaba pisando fuerte, directo hacia donde estaban sus padres.
—¡No voy a volver a los entrenamientos de los martes con el grupo avanzado! —sentenció, plantándose frente a ellos con las manos en las caderas y el ceño fruncido.
Elara se incorporó de inmediato, abandonando la postura relajada. Al ver el rostro encendido de su hija, la miró de arriba abajo con genuina preocupación, buscando cualquier señal de que se hubiera hecho daño o de que algo grave hubiera pasado en el club.
—¿Qué pasó, Amara? ¿Te ocurrió algo malo? —preguntó con un tono protector mientras le hacía un espacio a su lado.
—La insoportable de Charlotte —exclamó la niña, cruzando los brazos con indignación—. Se pasó el descanso diciendo que su madre le aseguró que los herederos Vance son el mejor partido de la ciudad y que además son muy guapos. ¡Qué tonterías! ¿Partido? ¡Ni que fueran un juego de tenis! Dijo que cuando sea grande se va a casar con Mateo, y que su hermana menor se va a casar con Dylan. ¡Están locas!
Mateo, que se había acercado con el mando del coche en la mano al escuchar los gritos, miró a su gemela con total tranquilidad y se encogió de hombros.

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