El amanecer en la mansión Vance no trajo la promesa de un nuevo día, sino la ejecución de una sentencia. Elara no había pegado el ojo. Se quedó acurrucada en un rincón de la habitación, lejos de esa cama de satén que le parecía una tumba, vigilando la puerta como un animal que espera el golpe final. El vestido de novia, extendido sobre el colchón bajo la luz gris de la mañana, parecía un cadáver burlándose de su desgracia. Cada encaje y cada cristal eran, para ella, eslabones de una cadena a punto de cerrarse en su cuello.
Cuando escuchó el clic de la cerradura, su corazón golpeó las costillas con violencia. No era Dante, sino una mujer mayor, de rostro severo y uniforme impecable, cuya mirada no tenía un ápice de empatía. Detrás, dos jóvenes cargaban maletines de maquillaje y herramientas de peluquería.
—Báñese. Las estilistas tienen órdenes y el juez llegará en dos horas —dijo la mujer, dejando una bandeja con comida que Elara ni siquiera miró. El olor a cruasanes le revolvió el estómago.
—No voy a hacerlo. No pueden obligarme. Esto es un crimen —replicó Elara, poniéndose en pie con las piernas temblorosas pero la frente en alto.
La mujer ni se inmutó, como si hubiera escuchado esa queja mil veces.
—El señor Vance no pide, señorita; él ordena. Y usted no puede decir que no. Coopere, o las consecuencias no recaerán solo sobre usted.
En cuanto las mujeres se distrajeron con los cosméticos en el tocador de mármol, Elara vio su oportunidad. La ventana. La mansión estaba blindada, pero esa habitación daba a la parte trasera, donde una enredadera gruesa trepaba por la piedra. El miedo a caer era, en ese momento, nada comparado al miedo a vivir encadenada a un hombre que la odiaba con tanta oscuridad.
Con el corazón en la garganta y aprovechando el ruido del secador, Elara abrió el ventanal. El aire gélido le azotó la cara, dándole una bofetada de realidad. Saltó al alféizar y comenzó a descender. La piedra rugosa le desgarró las palmas de las manos, pero el dolor era el combustible que la empujaba a seguir. Sus pies tocaron el césped húmedo con un impacto que le recorrió los tobillos, pero no se detuvo.
Corrió. Corrió hacia el bosque, ignorando el frío que calaba sus huesos. Estaba a pocos metros de los árboles cuando una voz, gélida y cargada de un aburrimiento letal, la detuvo en seco.
—Es una lástima, Camila. Esperaba que fueras más inteligente. Mis guardias en el hospital son mucho más rápidos que tú.
Dante Vance estaba apoyado contra un roble, como si hubiera estado allí toda la eternidad. Su esmoquin negro acentuaba su figura y lo hacía parecer el dueño de las tinieblas. No estaba enfadado; no gritaba. Su calma era mucho más aterradora que cualquier explosión de furia. Sostenía un iPad cuya pantalla brillaba con una luz azul en la penumbra.
—¡Déjeme ir! —gritó Elara, rompiéndose finalmente. Las lágrimas de agotamiento rodaron por sus mejillas manchadas de tierra—. ¡No soy la mujer que busca! ¡Tenga piedad! ¡No le he hecho nada!
Dante no respondió. Caminó hacia ella con pasos decididos, obligándola a retroceder hasta que sus pies se hundieron en el barro. Cuando estuvo a su lado, le tendió la pantalla.
Frente al juez, la ceremonia fue un trámite despojado de humanidad. Solo se oía la lluvia contra los ventanales y el susurro de la seda. Cuando llegó el momento de la firma, el juez le tendió la pluma. Elara dudó. Sus dedos se cerraron sobre el metal frío. Miró a Dante; él no miraba al juez, tenía la vista en su teléfono, con el pulgar rozando la pantalla, listo para enviar el mensaje que mataría a su padre si ella dudaba un segundo más.
Con la mano temblando tanto que apenas controlaba el trazo, Elara firmó. No escribió el nombre que Dante esperaba. Escribió su verdad: Elara Vance.
—Bienvenida a la familia —dijo Dante con una ironía que cortaba como una cuchilla cuando el juez se retiró.
No hubo beso. Ni un gesto de afecto. En cuanto la puerta se cerró, Dante le arrebató el ramo de rosas blancas y lo tiró al suelo, pisoteando las flores hasta que los pétalos quedaron reducidos a manchas marrones.
—Quítate ese vestido. Me das asco vestida de blanco, como si fueras pura —escupió él, con un odio que se alimentaba de sí mismo—. A partir de hoy, dormirás en el cuarto de servicio del ala este. No quiero que ensucies las habitaciones principales. Tu única función será estar disponible para cuando yo decida recordarte, que tu libertad murió el mismo día que mi hermano, y ahora yo soy el dueño de tu condena.
Elara se quedó sola en la biblioteca, vestida de seda, rodeada de flores muertas y el eco de su carcelero. El sacrificio estaba hecho. Su padre viviría, pero ella acababa de entrar en una jaula de oro. Lo que Elara no sabía, mientras veía sus manos manchadas de tinta y barro, era que en ese contrato no solo había firmado su cautiverio, sino el inicio de una guerra silenciosa que pondría de rodillas al mismísimo Dante Vance.

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