Entrar Via

Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 7

El trayecto hacia la clínica San Judas fue un descenso al infierno personal de Elara. El coche de lujo de Dante cortaba la lluvia de la tarde con una eficiencia silenciosa que resultaba insultante frente al estruendo del corazón de la joven. Ella se apretaba contra la puerta trasera, todavía vistiendo el uniforme de limpieza manchado de agua jabonosa y el desprecio de los socios de su marido. Sus uñas se clavaban en sus propias palmas, buscando un dolor físico que distrajera el terror que le cerraba la garganta.

Dante no decía una palabra. Observaba su tableta electrónica con una frialdad que helaba el aire del habitáculo, pero de vez en cuando, sus ojos se desviaban hacia el reflejo de Elara en el cristal. La veía temblar, veía cómo sus labios se movían en una oración silenciosa, y esa visión de pureza y desesperación le provocaba una disonancia cognitiva que lo enfurecía. Es Camila, se repetía. Camila es una víbora que sabe fingir fragilidad mejor que nadie.

Cuando llegaron a la clínica, el entorno era radicalmente distinto al hospital público donde Elara solía pasar sus noches. Aquí, los suelos de mármol brillaban bajo luces cálidas y el aire olía a lavanda y tecnología de punta. Pero para Elara, era una jaula de oro más grande.

Dante la guio hacia la unidad de cuidados intensivos, sujetándola por el brazo con una firmeza que decía: "No intentes nada". Al entrar en la habitación 602, el mundo de Elara se detuvo. Su padre, un hombre que parecía haberse encogido bajo las sábanas de hilo de mil hilos, estaba rodeado de tres especialistas que revisaban monitores con rostros graves. El pitido del respirador era más rápido de lo normal, un eco frenético de la lucha por la vida.

—Papá... —susurró Elara, lanzándose hacia la cama.

—Atrás —ordenó Dante, interceptándola con un brazo de hierro antes de que pudiera tocarlo—. No has ganado el derecho de estar cerca de él todavía.

Dante hizo un gesto a los médicos. Uno de ellos, un hombre de cabello canoso y expresión impersonal, se acercó a Dante ignorando por completo la mirada suplicante de Elara.

—Señor Vance, el paciente tuvo un episodio de arritmia severa seguido de una insuficiencia respiratoria aguda. Los niveles de oxígeno cayeron peligrosamente. Hemos logrado estabilizarlo, pero su sistema es extremadamente frágil. Sin el soporte continuo y la medicación de última generación que usted está financiando, no superaría la próxima hora.

Elara sintió que el suelo se inclinaba. Se dejó caer de rodillas junto a la pared, cubriéndose la boca para no soltar un grito de agonía. Dante, por el contrario, caminó hacia la cama y observó al hombre en coma con una indiferencia clínica.

—¿Escuchaste eso, Camila? —dijo Dante, su voz bajando a un susurro que cortaba como una navaja—. El hilo que sostiene a este hombre es tan delgado como mi paciencia.

Dante se inclinó sobre el panel de control del equipo médico de alta gama. Sus dedos largos y elegantes rozaron el interruptor principal de la fuente de energía del respirador. Los ojos de Elara se abrieron con un horror indescriptible.

—¡No! ¡Por favor, Dante, no lo haga! —rogó ella, arrastrándose por el suelo hasta sus pies—. ¡Haré lo que quiera! ¡Limpiaré toda la mansión, aceptaré cualquier humillación, firmaré lo que necesite! Pero no lo toque... se lo suplico.

Dante la miró desde arriba, con una sombra de triunfo oscuro bailando en sus pupilas. Ver a la mujer que supuestamente destruyó a su hermano de rodillas, suplicando por la vida de alguien más, era el bálsamo que su alma herida necesitaba, aunque una parte de él se retorciera de asco ante su propia crueldad.

—El problema, querida esposa, es que tu obediencia de hoy fue mediocre —sentenció él, su dedo todavía rozando el panel—. Dejaste que mis socios te miraran con lascivia. No te comportaste como la propiedad que eres. Si vuelves a fallarme, si vuelves a intentar decir que no eres quien yo sé que eres, este interruptor se apagará. Y no será un accidente. Será tu elección.

—Lo entiendo... lo entiendo —jadeó Elara, las lágrimas empapando su uniforme gris—. Seré lo que usted quiera. Seré Camila si eso es lo que necesita para su venganza. Pero manténgalo a salvo. Él es lo único que tengo.

Dante retiró la mano del panel con una lentitud sádica. Hizo una señal a los médicos para que se retiraran, dejándolos a solas con el sonido monótono de las máquinas. El silencio que siguió era denso, cargado de una tensión eléctrica que hacía que el vello de la nuca de Elara se erizara.

—Levántate —ordenó él—. Míralo bien. Es la última vez que entrarás en esta habitación en mucho tiempo.

Capítulo 7 1

Capítulo 7 2

Verify captcha to read the content.VERIFYCAPTCHA_LABEL

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cadenas de odio: La esposa equivocada