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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 4

Elara apenas pudo procesar el frío del anillo en su dedo. Era una joya ridículamente cara, un peso muerto que le recordaba que ahora tenía dueño. Antes de que el sol cayera tras las colinas, dos doncellas de confianza de Dante —mujeres de uniforme severo que la miraban con el mismo asco y sospecha que su amo— la arrastraron de vuelta a la habitación principal. No la llevaron allí para que descansara tras el trauma de la boda forzada, sino para transformarla en un trofeo de guerra que Dante pudiera exhibir ante sus aliados.

—El señor Vance espera que baje en exactamente treinta minutos. Hay invitados de alto nivel en el salón principal y su presencia no es negociable —dijo una de ellas mientras tiraba de un corsé invisible, ajustando un vestido de seda negra tan ceñido que a Elara le costaba realizar una inhalación completa.

El color negro no era una elección estética casual; Dante quería que ella luciera como si habitara un funeral perpetuo. Su propio funeral. El vestido, de escote profundo y hombros caídos, contrastaba violentamente con la palidez de su piel y las ojeras que el maquillaje profesional intentaba borrar sin éxito. Al mirarse al espejo, Elara no vio a la chica que se desvivía cuidando a su padre en el hospital; vio a una extraña, una aparición sombría que temblaba ante su propio reflejo.

Cuando Elara bajó las escaleras, el ruido de las risas y el golpeteo de las copas le revolvieron el estómago. El salón estaba lleno de gente que apestaba a dinero; hombres con trajes impecables y mujeres que la analizaban con la mirada fría de quien juzga una mercancía. En medio de todo ese lujo asfixiante estaba Dante, con un vaso de coñac en la mano, observando a la multitud con el aburrimiento de quien se sabe dueño de todo.

Al verla aparecer, el silencio se expandió por la sala. Las conversaciones se detuvieron en seco y docenas de ojos se clavaron en ella, buscando rastros de la mujer escandalosa que recordaban. Dante caminó hacia ella con una elegancia depredadora y, con una falsa galantería que le heló la sangre, le rodeó la cintura con el brazo. Sus dedos se hundieron en su costado, apretando lo suficiente para que ella soltara un gemido ahogado que solo él pudo escuchar.

—Señores, les presento oficialmente a mi esposa —anunció Dante, y la palabra "esposa" salió de sus labios cargada de un sarcasmo venenoso—. Camila ha decidido dejar su "retiro" en los suburbios para volver a la civilización. Parece que la humildad no le ha sentado tan bien como esperábamos.

Una mujer de cabellera roja encendida y un vestido carmesí que gritaba desafío se abrió paso entre la multitud con paso firme. Era Seraphina, la hija de un magnate naviero y la mujer que, según todos los círculos sociales, estaba destinada a ocupar el lugar que Elara ahora usurpaba. Sus ojos verdes recorrieron a Elara con una saña que no intentó ocultar ni por un segundo.

—¿Esto es una broma de mal gusto, Dante? —Seraphina soltó una carcajada estridente que atrajo aún más atención—. Me dijeron que habías cometido la locura de casarte en secreto, pero no pensé que fuera con... esto. ¿Dónde está la Camila que conocíamos? ¿La que no podía pasar frente a un espejo sin admirarse?

Seraphina extendió una mano y tocó la tela del vestido de Elara con la punta de sus uñas largas y perfectamente afiladas, como si temiera contagiarse de algo.

—Te casaste con una mosca muerta —escupió Seraphina, girándose hacia Dante—. Mírala bien. Tiene los ojos de alguien que acaba de fregar un pasillo mugriento. ¿Qué le ha pasado a tu orgullo, "Camila"? Esta parece una versión barata y rota sacada de una tienda de caridad para indigentes.

Elara bajó la mirada, sintiendo que las mejillas le ardían con un fuego de humillación pura. Quería gritar que ella no era esa mujer, que tenía un nombre digno y una vida de sacrificio que ninguna de esas personas podría entender jamás, pero la imagen mental de su padre conectado a aquel respirador en la clínica la obligó a tragarse las palabras.

—Quizás es que el arrepentimiento por sus pecados le ha quitado el brillo —respondió Dante con una sonrisa gélida, bebiendo de su copa mientras observaba la degradación de Elara con una satisfacción oscura—. O tal vez es que finalmente ha aprendido cuál es su verdadero lugar en este mundo. Al nivel del suelo.

Capítulo 4 1

Capítulo 4 2

Capítulo 4 3

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