La puerta pesada se abrió y Dante entró quitándose el abrigo largo, sacudiendo los restos de nieve de los hombros. Detrás de él entraron Marcus y dos empleados más, cargando un pino fresco y frondoso junto con varias cajas grandes y elegantes, repletas de esferas y luces nuevas que Dante había mandado comprar de inmediato tras la llamada. Los niños vitorearon al ver el despliegue, y Amara se abalanzó sobre su padre. Dante se agachó para recibir el impacto de la niña, que se le colgó del cuello.
—¡Eres el mejor, papá! —exclamó ella, feliz.
Dante la alzó en vilo sin el menor esfuerzo, pero sus ojos buscaron por instinto a Elara sobre la cabeza de la pequeña. La recorrió con la mirada, deteniéndose en las líneas de su rostro para asegurarse de que no hubiera rastros de fatiga. Luego, les indicó a los empleados dónde acomodar las cosas antes de que se retiraran discretamente.
—Primero vamos a comer algo —dijo Dante, bajando a la niña al suelo antes de caminar con paso firme hacia Elara—. ¿Cómo estás?
—Perfecta —respondió ella, acortando la distancia entre los dos.
Dante se inclinó para atrapar sus labios en un beso pausado, cálido, de esos que dictaban en silencio que ya estaba en casa y que el mundo exterior quedaba fuera.
La tarde se consumió entre el olor a pino fresco y el caos divertido de estrenar los adornos. Dante, ya sin la corbata y con las mangas de la camisa remangadas hasta los antebrazos, se encargó de colocar las extensiones de luces doradas con esa paciencia meticulosa que aplicaba a todo lo que le importaba.
Mateo lo seguía de cerca, concentrado, ayudándole con las ramas inferiores, mientras Amara intentaba por todos los medios colgar las esferas nuevas en lugares que le sobrepasaban por completo.
—Déjame a mí, Amara —le dijo Mateo, quitándole una esfera de las manos antes de que ocurriera un desastre—. Te vas a caer.
—¡Yo puedo! —protestó ella, poniéndose de puntillas con una risita, aunque enseguida se dio cuenta de que de verdad no llegaba.
Dante se estiró desde su altura, tomó a su hija por la cintura y la sentó sobre sus hombros. La niña soltó un chillido de sorpresa y luego estalló en risas, aferrándose al cabello de su padre para no perder el equilibrio.
—Colócala —le dijo Dante, incorporándose para que ella alcanzara la parte alta—. Pero mantente quieta.
Desde allí arriba, Amara miró la rama y luego hacia abajo, buscando a su hermano con una sonrisa radiante.
—¡Mira, Teo, la voy a poner justo arriba! —le presumió con emoción, sosteniendo la esfera brillante con cuidado.


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