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Cadenas de odio: La esposa equivocada romance Capítulo 8

La noche de la gala benéfica en honor a la Fundación Julian Vance no se sentía como una celebración, sino como un desfile hacia el patíbulo. Elara permanecía inmóvil frente al espejo del gran vestidor, mientras tres estilistas trabajaban sobre ella con una eficiencia mecánica. El vestido que Dante había seleccionado era una obra maestra de la crueldad estética: un diseño de alta costura en seda azul medianoche, tan oscuro que parecía negro bajo ciertas luces, con un escote palabra de honor que dejaba al descubierto la fragilidad de sus clavículas y la palidez casi lunar de su piel.

Alrededor de su cuello, Dante mismo había colocado el "Collar de Lágrimas", una pieza histórica de la familia Vance compuesta por zafiros rodeados de diamantes. Pesaba. Pesaba más que las cadenas de una prisión.

—Está lista, señora Vance —dijo una de las estilistas, dando un paso atrás. En sus ojos ya no había solo asco, sino una chispa de envidia involuntaria.

Elara se miró y el aliento se le atoró en la garganta. La mujer que le devolvía la mirada era deslumbrante. El maquillaje había ocultado las ojeras del cansancio y el hambre; el peinado, un recogido sofisticado con algunos mechones ondulados cayendo sobre su nuca, le daba un aire de nobleza que ella jamás había poseído. Pero al bajar la vista hacia sus manos, todavía veía las pequeñas cicatrices del detergente industrial bajo la capa de crema hidratante cara.

La puerta se abrió y Dante entró. Iba vestido con un esmoquin negro que parecía una armadura moderna. Se detuvo a unos metros de ella, y por primera vez en todo el tiempo que llevaban juntos, el silencio de Dante no fue de desprecio inmediato. Sus ojos recorrieron a Elara de arriba abajo, deteniéndose en el escote y luego en sus labios pintados de un rojo profundo. Hubo un destello de algo abrasador en su mirada, un hambre que él sofocó apretando la mandíbula hasta que sus facciones parecieron de piedra.

—Las joyas te quedan bien, Camila —dijo él, su voz ronca—. Lástima que lo que hay debajo siga podrido por la ambición.

—Mi nombre es Elara —susurró ella, sosteniéndole la mirada por un segundo antes de que el miedo la hiciera bajar la vista—. Y estas joyas me queman la piel. Preferiría mil veces mi uniforme de camarera si eso significara que mi padre está a salvo de usted.

Dante caminó hacia ella y le sujetó el brazo con una firmeza que rozaba el dolor.

—Esta noche, serás la esposa perfecta. Sonreirás cuando yo sonría, saludarás a los donantes y, sobre todo, no te separarás de mi lado. Si intentas decir una sola palabra sobre tu "verdad", recuerda que el médico de la clínica San Judas está a una sola llamada de distancia de desconectar el flujo de oxígeno. ¿Ha quedado claro?

—Entendido, señor Vance —respondió ella, con la voz quebrada.

El trayecto a la gala fue un preludio de la tortura social que le esperaba. El salón principal del hotel más lujoso de la ciudad estaba decorado con lirios blancos, los favoritos de Julian. Al entrar del brazo de Dante, el murmullo de la multitud se extinguió, reemplazado por un silencio cargado de juicios. Elara sentía que cada mirada era una flecha. "Ahí está la asesina", parecían decir los ojos de los invitados.

Dante la exhibía como un trofeo de caza. La presentaba a senadores, magnates y filántropos con una cortesía gélida. Elara cumplía su papel: sonreía mecánicamente, asentía y mantenía la compostura, aunque sentía que el suelo desaparecía bajo sus tacones de aguja.

—Dante, querido, ¡qué sorpresa verte con... la aparecida!

Seraphina emergió de la multitud como una llamarada. Vestía un traje de encaje dorado que dejaba muy poco a la imaginación, y su sonrisa era una declaración de guerra. Se acercó a ellos, ignorando por completo a Elara, y posó su mano sobre el pecho de Dante con una familiaridad insultante.

—Es valiente de tu parte traerla aquí, al evento en memoria de Julian —dijo Seraphina, girándose finalmente hacia Elara con los ojos entrecerrados—. Dime, "Camila", ¿cómo se siente usar los zafiros de la madre de Dante después de haber matado a su hijo favorito? ¿No sientes que el cuello te aprieta?

Elara sintió una oleada de náuseas. El calor del salón, el olor penetrante de los lirios y la crueldad de Seraphina estaban haciendo mella en su resistencia física. Había pasado días sin comer bien y la noche anterior en el suelo de mármol le había pasado factura.

—Me siento... cansada de mentiras, señorita —logró decir Elara, con una dignidad que sorprendió incluso a Dante.

Seraphina soltó una carcajada burlona.

—¿Cansada? Lo que estás es asustada porque sabes que tu teatro se acaba. Dante, ¿sabías que ayer vi a un hombre merodeando por la parte trasera de tu mansión? Un hombre que se parecía mucho al chófer con el que Camila solía escaparse cuando Julian no miraba.

Dante se tensó. El agarre en el brazo de Elara se volvió casi insoportable.

Capítulo 8 1

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