—¡¿Qué significa que Buenavista está cerrado?! ¡Tengo una cita para un facial!
Decenas de autos de lujo se amontonaban frente al estacionamiento subterráneo. Había una fila enorme de mujeres furiosas, pero nadie podía pasar.
¡Y, por supuesto, nadie podía salir!
—¿Qué se yo? Seguro la policía anda buscando a algún delincuente. ¿Pero en una clínica estética? ¡¿Acaso el prófugo vino a operarse la cara?!
—¡Tengo una cena de gala esta noche! Hice mi cita desde la semana pasada. Si no me inyectan hoy, ¡¿esperan que me presente al evento con esta cara de cansancio?!
—¡Voy a ser la burla de las esposas de los socios de mi marido!
—...
Quejas como estas resonaban desde los asientos traseros de camionetas importadas.
Algunas ya estaban llamando a sus influencias en el gobierno para exigir que levantaran el cerco.
Pero se toparon con pared: la orden venía directamente del Director Vega.
Nadie en la policía se atrevió a mover un dedo para ayudarlas.
Incluso los esposos poderosos, al enterarse de la gravedad del asunto, decidieron ignorar a sus mujeres y amantes.
¡A menos que quisieran perder su cargo, su libertad o ambas cosas!
En esos momentos, complacer a la esposa era lo de menos.
Al fin y al cabo, esas mujeres solo servían para gastar dinero y exigir tratamientos caros.
Por más estiramientos que se hicieran, ellos ya estaban hartos de verlas.
Algunos políticos intentaron sondear al Director Vega, preguntando sutilmente a quién perseguían como para armar tanto alboroto.
Y el Director Vega no tuvo reparos en responder: Agentes de Estrellonia secuestraron a una de las mentes más brillantes de la Universidad de Viento Claro.
¿Querían que los dejara sacar del país a uno de los mejores talentos de Mirasia para entregárselo al enemigo?
Ante semejante argumento de seguridad nacional, nadie se atrevió a insistir, mucho menos a pedir favores.
Si hubiera sido un robo común, tal vez. Pero cuando Estrellonia estaba de por medio, el gobierno de Mirasia no tenía piedad.
La señora Leticia Silva acababa de soltar la frase más imprudente de su vida.
Sus gritos llegaron a oídos de Amelia, que acababa de saltar de su vehículo.
Amelia, que estaba al borde de la desesperación por rescatar a su protegida, no toleró su insolencia y caminó directo hacia ella.
—¿Quién te crees para hablar así?
Cristhian intentó sujetar del brazo a Amelia.
Pero dudó un segundo y prefirió dejar que le diera su merecido a la señora.
Leticia Silva, indignada de que alguien la enfrentara, se enfureció aún más.
—¿Acaso miento? Si no fuera alguien importante, ¡no estarían montando este circo!
—Solo porque tienen placa y uniforme se sienten los dueños del país... —La señora definitivamente no sabía cuándo callarse.
Esa vez, Cristhian sí agarró a Amelia; temía que le acomodara un puñetazo en la cara.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana