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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1490

Pero para su sorpresa, Amelia solo sacó su celular y le tomó una foto a la mujer.

—Mateo, pásame los antecedentes de esta señora.

Leticia se puso roja de furia.

—¡¿Quién diablos eres?! ¡Borra esa foto o te demando por invasión a la privacidad!

Cuando Amelia iba a contestarle, Cristhian la interrumpió, sacando su placa.

—Operación policial en curso. ¡Los civiles deben evacuar el área!

—Y en cuanto a usted, señora. Su actitud hostil y su obstrucción al operativo nos da motivos para sospechar que está encubriendo a los espías Estrellonianos que están adentro.

Ese balde de agua fría finalmente hizo reaccionar a Leticia. ¿Espías extranjeros?

¡Acababa de meter la pata hasta el fondo!

—¡No, se equivocan! Mi esposo es el señor Silva, presidente del Grupo Silva.

Cristhian reconocía a esa empresa. El Grupo Silva era conocido por su nacionalismo y por donar millones en cada catástrofe que azotaba al país.

¿Cómo era posible que un hombre tan respetable estuviera casado con una cabeza hueca como esa?

Amelia también conocía a la empresa y dedujo de inmediato de quién se trataba.

Era la segunda esposa, la amante que había logrado casarse con el jefe, y era famosa en la alta sociedad por ser tan frívola como ignorante.

Era una mujer con curvas y muy hermosa, pero el señor Silva no solo se fijó en su físico.

Bueno, sí, también en eso.

Pero la verdadera razón por la que el señor Silva se casó con ella fue por superstición.

Un astrólogo le había dicho que ella atraía la buena fortuna y que su carta astral complementaba perfectamente la suya.

Por eso la había convertido en la señora de la casa.

Y como Leticia Silva le dio un hijo varón, aseguró su estatus de matriarca y disfrutaba de todos los lujos posibles.

Apoyada en la suerte que supuestamente traía y en su hijo pequeño, hacía lo que se le daba la gana.

Mientras no causara problemas graves, el señor Silva le consentía todos los caprichos.

Al fin y al cabo, nunca le daría el control de la empresa, así que dejarla jugar a la señora millonaria no le costaba nada.

Eso era lo que él mismo decía en privado a sus socios.

Conociendo ese trasfondo, todos toleraban la arrogancia de Leticia porque, en el fondo, sabían que era una mujer sin poder real. La trataban con cortesía por pura lástima.

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