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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1686

Los dos grupos formaron una caravana y se dirigieron directamente al Estado Zen.

Una vez allí, todavía se veía a muchos Mirasianos.

Al estar tan cerca de la frontera de su país, era un destino turístico frecuente.

Y un centro neurálgico para los comerciantes de jade.

Cecilia, el director Ramírez y su nuevo aliado temporal, Samuel Ortiz, se hospedaron en el mismo hotel.

Curiosamente, este lugar también era propiedad de Mirasianos y se llamaba "Posada la Armonía"; al parecer, el dueño era fanático de las viejas películas de artes marciales.

Las habitaciones de Cecilia y el director Ramírez estaban contiguas, justo enfrente de las de Samuel.

Sara compartía cuarto con Cecilia, José tenía uno para él solo, y el director Ramírez venía con su propio guardaespaldas.

Así era: él solo traía uno, pero era un veterano de las fuerzas especiales que lo había acompañado durante años.

Las autoridades no solo habían solicitado los servicios de Cecilia, sino también a sus guardaespaldas, tras comprobar que Sara y José eran excepcionales en combate cuerpo a cuerpo.

Por eso, a Benito solo le asignaron un escolta para no inflar los números y despertar sospechas.

Por su parte, los hombres de Samuel eran rostros nuevos, desconocidos.

Pero con una presencia intimidante.

La primera noche, apenas se habían instalado, alguien deslizó pequeñas tarjetitas por debajo de la puerta.

Parecía que allí, al igual que en Mirasia, el negocio de las acompañantes seguía floreciendo.

Con la diferencia de que allí no era ilegal.

Y para ser aún más descarados, una madame pasaba puerta por puerta mostrando fotos en su celular.

Para que los huéspedes eligieran.

Lo más llamativo era que la mayoría de estas chicas eran Mirasianas.

El equipo de Samuel ignoró la situación sin pestañear.

Pero José, que era un poco ingenuo para estas cosas, casi es manoseado por la mujer.

Cuando la madame intentó tocarle el pecho, él dio un salto hacia atrás, gritando:

—¡¿Qué hace?!

—No, gracias. Pero dime, ¿tus muchachos aguantan el trabajo pesado? —preguntó Sara, evaluando la oferta.

Creyendo que tenía una clienta potencial, Esperanza empezó a deslizar fotos en su pantalla a toda velocidad.

—Mira este, es alto y fuerte. Y este otro, con esa cara de chico malo que les gusta a las jóvenes. Ah, y este...

Esperó la reacción de Sara, pero la chica desestimó a todos con un gesto de desdén.

—¿Me estás tomando el pelo?

Esperanza se dio cuenta de que Sara no tenía intención de elegir a ninguno. ¡Estaba perdiendo el tiempo!

Si no fuera por la alta competencia reciente, jamás se habría rebajado a ofrecer sus servicios de puerta en puerta.

El hotel se quedaba con una comisión, ella no ganaba tanto.

Y las chicas también tenían que llevarse su parte. Por suerte, ella era justa con los pagos, lo que mantenía motivado a su personal.

—Señora, ¿cómo es que la que se ofende es usted?

—¡Usted fue quien me ilusionó y resulta que no trae buena mercancía! —se quejó Sara haciéndose la víctima.

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