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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1687

—Conque no tengo buena mercancía, ¿eh?

—¡Ya verás!

Esperanza no era de las que se daban por vencidas.

De hecho, tenía a alguien nuevo en su catálogo, aunque el chico todavía se resistía a obedecer.

Su plan original era domarlo unos días más antes de ponerlo a trabajar.

Pero dadas las circunstancias, tendría que adelantar su debut.

—¿Cuánto estás dispuesta a pagar?

Esperanza buscó la fotografía del nuevo. No se le veía la cara; era una de esas fotos con sombras oscuras.

Pero la silueta revelaba un físico imponente, con músculos definidos y fuertes.

—¿Por qué solo me muestras una foto borrosa? ¿Intentas estafarme?

Era evidente que Sara seguía insatisfecha.

—Si tiene tan buen cuerpo pero cara de sapo, ¿quién está aprovechándose de quién?

—¡No voy a pagar para salir perdiendo!

La actitud exigente de Sara estaba a punto de colmar la paciencia de Esperanza.

Sin embargo, bajo la premisa de que el cliente más quejumbroso es el que termina comprando, decidió seguirle el juego.

—Te garantizo que no es feo. Tiene esa belleza tosca, de hombre rudo.

Sara enarcó una ceja.

—Tu palabra no me sirve. ¿Qué pasa si nuestros gustos no coinciden?

—Después de todo, los demás que me enseñaste estaban para llorar.

Era cierto.

Por más que Esperanza intentara embellecerlos, los muchachos que le había mostrado antes le parecieron a Sara un verdadero espanto.

Ya fueran de Mirasia o locales, con solo mirarlos Sara sentía que era un castigo para sus ojos.

—¡Tú...!

—Mira, solo tienes que darme un adelanto y te lo traigo. Lo examinas en persona, ¿trato hecho? —intentó presionar Esperanza.

Pero Sara no era tan ingenua.

—Ni hablar. ¿Qué pasa si te doy el dinero y te largas?

—O peor, me traes a un desastre y me obligas a aceptarlo.

Esperanza apretó los dientes, mirando a Sara con frustración.

—¡Dulce, ven rápido! Mira esto. Se ve bastante bien, ¿verdad? Tiene ese aire salvaje e indomable.

—Oiga, señora, ¿no me diga que lo golpearon hasta romperlo? —preguntó, logrando distraer a Esperanza.

De esa forma, Esperanza ni siquiera tuvo tiempo de quejarse por el arrebato del teléfono.

Cecilia sabía que Sara no armaba un alboroto por nada.

Al asomarse a la pantalla, reconoció de inmediato el rostro bajo la sangre.

Era el agente que acompañaba a Cristhian Lara en la misión.

Aunque la cara estaba cubierta de heridas, sus rasgos eran inconfundibles, y era obvio que había recibido una paliza brutal.

Cecilia frunció el ceño.

Esperanza rápidamente se defendió:

—¡Nosotros no le hicimos eso!

—Llegó a mi territorio ya en ese estado, escondiéndose.

—¡Si usa mi casa como refugio y no tiene dinero para pagar, lo lógico es que trabaje para mí!

—Espera un segundo. Ustedes dos están en la misma habitación. ¿Solo van a pedir a uno?

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