—Conque no tengo buena mercancía, ¿eh?
—¡Ya verás!
Esperanza no era de las que se daban por vencidas.
De hecho, tenía a alguien nuevo en su catálogo, aunque el chico todavía se resistía a obedecer.
Su plan original era domarlo unos días más antes de ponerlo a trabajar.
Pero dadas las circunstancias, tendría que adelantar su debut.
—¿Cuánto estás dispuesta a pagar?
Esperanza buscó la fotografía del nuevo. No se le veía la cara; era una de esas fotos con sombras oscuras.
Pero la silueta revelaba un físico imponente, con músculos definidos y fuertes.
—¿Por qué solo me muestras una foto borrosa? ¿Intentas estafarme?
Era evidente que Sara seguía insatisfecha.
—Si tiene tan buen cuerpo pero cara de sapo, ¿quién está aprovechándose de quién?
—¡No voy a pagar para salir perdiendo!
La actitud exigente de Sara estaba a punto de colmar la paciencia de Esperanza.
Sin embargo, bajo la premisa de que el cliente más quejumbroso es el que termina comprando, decidió seguirle el juego.
—Te garantizo que no es feo. Tiene esa belleza tosca, de hombre rudo.
Sara enarcó una ceja.
—Tu palabra no me sirve. ¿Qué pasa si nuestros gustos no coinciden?
—Después de todo, los demás que me enseñaste estaban para llorar.
Era cierto.
Por más que Esperanza intentara embellecerlos, los muchachos que le había mostrado antes le parecieron a Sara un verdadero espanto.
Ya fueran de Mirasia o locales, con solo mirarlos Sara sentía que era un castigo para sus ojos.
—¡Tú...!
—Mira, solo tienes que darme un adelanto y te lo traigo. Lo examinas en persona, ¿trato hecho? —intentó presionar Esperanza.
Pero Sara no era tan ingenua.
—Ni hablar. ¿Qué pasa si te doy el dinero y te largas?
—O peor, me traes a un desastre y me obligas a aceptarlo.
Esperanza apretó los dientes, mirando a Sara con frustración.

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