Esperanza pensaba que, con los tiempos modernos, las mujeres de Mirasia se habían vuelto más abiertas de mente.
Pero compartir al mismo chico entre dos... ¿no era ser demasiado tacañas?
Las orejas de Cecilia se tiñeron de rojo al escuchar semejante atrocidad.
Sara, en cambio, ni se inmutó; su entrenamiento la había preparado para lidiar con cualquier tipo de calaña.
—¿Y qué? ¿Hay algún problema?
—Mi hermana es joven y no sabe mucho de estas cosas; yo me encargaré de enseñarle.
—No te preocupes, no vamos a agotar a tu chico. Si de verdad cumple con lo que prometes, te pagaré cien dólares.
—¡Y si logra dejarnos satisfechas a las dos, te daré cien más!
A Esperanza le brillaron los ojos. ¿Doscientos dólares?
¡Trato hecho!
—¡Muy bien, tú lo dijiste!
Con la promesa del dinero, Esperanza se movió rápido.
Al poco tiempo, llevaron al chico, vestido con ropa ajustada que resaltaba su físico.
—También ofrecemos servicios con temáticas especiales. Pueden elegir la ropa, ¡pero eso tiene un costo adicional!
El joven llevaba las muñecas esposadas.
—Este muchachito es un poco rebelde. Pero como veo que ustedes son mujeres hermosas y además compatriotas, supongo que no será tan idiota como para negarse.
—Si fueran de otro país, ni se los habría ofrecido.
—Porque él dejó muy claro que solo atiende a gente de nuestra tierra.
—Bueno, primero el pago.
Esperanza estaba acompañada por sus propios guardaespaldas, y quien controlaba un negocio tan grande de trata de personas definitivamente no jugaba limpio.
No titubeó al estirar la mano para cobrar.
Sara le entregó el dinero sin dudarlo.
Los hombres de Esperanza se quedaron montando guardia en el pasillo. Nadie iba a robarle a su nueva máquina de hacer dinero.
—Más te vale portarte bien, muchacho. ¡Piensa en la deuda de medicinas que tienes conmigo, y acuérdate de tu jefe!
Esperanza le susurró al oído, pero lo suficientemente alto para que Cecilia y Sara la escucharan. Era una amenaza pura y dura.
Rogelio necesitaba confirmar que el mensaje de auxilio había llegado a la sede.
La única razón por la que Esperanza no temía que él se fugara, era porque el capitán Lara estaba bajo su protección y cuidado.
Uno de los médicos de la madame lo mantenía apenas con vida.
—Recibimos tu mensaje. La situación está complicada por aquí. ¿Está el capitán Lara contigo?
Cecilia quería usar el nombre de él, pero de repente lo olvidó.
—Soy Rogelio —se presentó él, notando que ella lo reconocía pero no recordaba su nombre.
Pero a Rogelio no le importaba. ¡Se sentía el hombre más afortunado del mundo! Estaban allí para salvarlos y habían hecho contacto rapidísimo.
Como todo era por el bien del capitán Lara, seguramente el señor Sandoval no se molestaría por la situación... ¿verdad?
—Compañero Rogelio, apenas llegamos a este hotel vimos la marca secreta en la fachada, así que decidimos hospedarnos aquí.
Cecilia no sabía que la marca había sido descubierta por Samuel.
Probablemente los agentes del Departamento de Seguridad Especial le enseñaron a reconocerlas antes de salir.
—Fui yo quien la dejó.

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