Además, dado que ella era originaria de Mirasia, todavía conservaba cierta afinidad cultural.
Si el precio era bueno, definitivamente lo vendería.
Cuando Samuel se enteró del plan de Cecilia y de la precaria situación descrita por Rogelio, no puso objeciones.
Aunque por supuesto, no le hacía ninguna gracia la idea de entregarle dinero a esa clase de delincuentes.
—Que tengas el dinero es una cosa, pero ¿qué pasa si descubren tu riqueza y deciden extorsionarte?
—No subestimes la maldad de esta gente.
Samuel había resuelto decenas de casos policiales y sabía bien cuántos asesinatos se cometían por avaricia.
Si descubrían lo valiosa que era Cecilia, podrían secuestrarla para obligarla a generarles ingresos.
Darles dinero no solucionaría el problema, solo atraería más problemas.
—La frontera está a un paso. Si logramos ponerle las manos encima a Cristhian, podemos salir de aquí rápido.
Aunque Samuel no quería iniciar un tiroteo, si no había más remedio, pediría a su equipo que esperara en la línea fronteriza con los motores encendidos.
Eran apenas unos kilómetros; podrían escapar a toda velocidad.
—Imposible —los interrumpió Rogelio.
—Nuestros enemigos no van a permitir que el capitán Lara salga de aquí con vida.
—Todavía tienen patrullas rastreando la zona todos los días.
—Si yo no me hubiera... rebajado a esto, ya nos habrían atrapado.
Rogelio llevaba un pasamontañas todo el tiempo y Esperanza le había dicho que solo se lo quitara frente a los clientes, así que sus perseguidores no lo habían identificado.
—¿Las autoridades locales están coludidas con ellos? —fue lo único que Samuel pudo deducir.
Entrar al Estado Zen era fácil; salir era un infierno.
Todos debían pasar por retenes militares, así que escapar tranquilamente con Cristhian y Rogelio en un auto no iba a funcionar.
Además, habían emitido una orden de captura falsa contra Cristhian, acusándolo de atentar contra un alto funcionario local.
Por lo tanto, la vía legal estaba descartada.
En cuanto a la vía clandestina, tendrían que depender de las tácticas de Esperanza.
El director Ramírez dio su visto bueno, y nadie más se opuso.
Sin embargo, Bernardo y Ariel se sentían inútiles.
¡Se suponía que ellos debían ser la fuerza letal del rescate!
¡Pero resultó que la señorita Ortiz era asquerosamente rica!
¡Benditos sean los ricos y sus soluciones excéntricas!
Como el tiempo jugaba en contra de Cristhian, no podían esperar.
Apenas una hora después, Sara llamó a Esperanza para que fuera a recoger a su chico.
—¿Qué pasó, amiga? ¿No quedaste satisfecha?
Esperanza miró su reloj. Por lo general, cuando alguien estaba a gusto, el servicio duraba al menos un par de horas, o incluso toda la noche.
¡Pero estas dos hermanas solo habían durado una hora! ¿Acaso ese musculoso era puro adorno y no aguantaba el ritmo?
¡Qué decepción!

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