No iba a permitir que nadie arruinara sus planes, ¡mucho menos Cecilia!
—Eso no es asunto tuyo. Te agradezco por cuidarme estos días, pero con el enfermero es más que suficiente. Además, eres mujer, ¡no es conveniente que estés aquí!
—Llamaré a mi madre para que te compre un boleto de regreso.
La actitud de Yonatan se volvió tajante.
Amaya, por supuesto, no estaba nada contenta.
—¡No me voy a ir! ¿Por qué tendría que irme?
—¡Entonces sal de la habitación! —Yonatan la miró con frialdad. Su expresión era totalmente distinta a la timidez que había mostrado al conocer a Guillermo.
Cecilia observó la escena con interés, dándose cuenta de que Yonatan sentía un profundo rechazo hacia Amaya.
Ellos definitivamente no eran prometidos.
Al menos, él no lo reconocía.
—¡Me salgo, pues! Pero te dije que no dejes que te revise. No es doctora. Si algo sale mal, ¿acaso ella se va a hacer responsable?
Amaya la miró con profundo desprecio.
Yonatan no quería cruzar ni una palabra más con ella.
—¡Fuera! —volvió a echarla.
Esta vez, Amaya finalmente salió, pero no sin antes lanzarles una advertencia:
—¡No canten victoria!
En cuanto salió, llamó a la madre de Yonatan. Nadie adentro supo qué fue lo que le dijo.
Al principio, Cecilia solo iba a revisarlo por Aurora, pero ahora se le habían quitado las ganas.
—Yonatan, tu supuesta prometida tiene un punto. Soy estudiante. Sería terrible si llegara a causarte una segunda lesión.
—Creo que será mejor que busques a otro especialista de renombre.
—Que el director no te haya dado esperanzas no significa que otro médico no pueda hacerlo. Algunos son expertos en rehabilitación posquirúrgica.
Cecilia le ofreció ese consejo de forma sincera.

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