—Todavía no soy el novio de Moana, es cierto, pero pronto lo seré...
Beltrán forzó un tono íntimo y deliberadamente ambiguo al hablar de su relación.
Le lanzó a Moana una mirada de advertencia, esperando que ella fuera lo suficientemente inteligente como para seguirle la corriente.
Pero Moana sabía perfectamente lo mezquino que podía ser Beltrán. Lidiaba todos los días con un jefe que parecía haber perdido la cordura y ya estaba harta de agachar la cabeza.
Sin importarle la cantidad de personas presentes, ni siquiera que en el salón privado del restaurante estuvieran algunos altos mandos, decidió enfrentarlo.
—¡Mentira! —replicó Moana en voz alta—. El señor Blancas y yo solo tenemos una relación de jefe y empleada.
—¡Por favor, le exijo que no diga ese tipo de insinuaciones falsas frente al hombre que me gusta!
—¡Me resulta sumamente incómodo!
Beltrán se quedó de piedra.
Las demás personas que empezaban a salir del salón privado lo miraron con cierta incomodidad y recelo.
Nadie se esperaba que Beltrán Blancas fuera esa clase de jefe, ¿acaso estaba intentando obligar a su subordinada a tener un romance con él?
Especialmente cuando la chica acababa de confesar que le gustaba otra persona.
Las palabras de Moana dejaron a Beltrán en una posición humillante, y el rencor lo invadió al instante.
Pero justo en ese momento, Moana se escondió detrás de Valentín Ortega, utilizándolo como escudo. Beltrán no podía hacer nada contra ella.
Lanzar una amenaza allí mismo solo lo haría quedar en mayor ridículo.
Así que, apretando los dientes, Beltrán esbozó una sonrisa forzada.
—Hace unos días Moana y yo tuvimos una pequeña diferencia de opiniones, y todavía está enojada conmigo.
—Moana, si no quieres que te lleve a casa esta noche, está bien.
—Pero no puedes decir que no hay nada entre nosotros solo porque sigues haciendo un berrinche.
—Sé que tu compañero de la universidad es bastante apuesto. Si creíste que usarlo para darme celos funcionaría, lo admito, tenías toda la razón.
—Disculpen, ya es muy tarde. Me retiro.
—Le encargo al profe Ortega que lleve a Moana a su casa.
—Lamento quitarle su tiempo, profe Ortega. En otra ocasión, Moana y yo lo invitaremos a cenar para compensarlo.
Ese infeliz del señor Blancas sabía perfectamente que Moana había tomado de más y que no podía hablar con fluidez, así que soltó todo ese discurso para confundir a los demás a propósito.

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