Viento Claro, en efecto, era un lugar bendecido con gente interesante.
Antes de regresar a casa, el grupo decidió parar en un puesto a comer algo. En cuestión de minutos, Josefina ya había detectado a dos grupos de chicos atractivos.
Entre ellos destacaba nada menos que Rio, el ídolo que Micaela había elogiado con tanta pasión.
Aunque el chico intentaba ocultarse bajo una gorra deportiva, el radar afinado de Josefina no falló.
Y de paso, Cecilia reconoció de inmediato a la chica que estaba sentada frente a él.
¡Era Micaela Valdez!
¿Estaban escondiéndose para cenar juntos?
¡Con razón ella era su fan número uno! ¡Si resulta que tenían una relación clandestina!
Cecilia desvió la mirada discretamente.
No era educado quedarse mirando, y si ellos querían mantenerlo en secreto, no iba a arruinarles la cita exponiéndolos.
Pero la tranquilidad duró poco. Un tipo ebrio y buscando pleito se tambaleó directo hacia la mesa de Micaela.
—¡Qué preciosa estás, chiquita! ¿Cuántos añitos tienes?
El sujeto, al que llamaban el Tatuado, dejó caer una mano pesada y mugrienta sobre el hombro de Micaela.
La joven sintió unas terribles náuseas; se le puso la piel de gallina por el asco.
Antes de que pudiera abrir la boca, Rio explotó.
—¡Quítale tus sucias manos de encima!
Se levantó de un salto, empujó violentamente al tipo y atrajo a Micaela hacia él en un gesto protector.
—¿Estás bien, amor? —le preguntó, con la voz temblando de preocupación.
Era evidente que Rio sentía adoración por ella.
El rostro de Micaela reflejaba terror puro, pero la cara del borracho se deformó en una furia demencial.
—¡Te vas a arrepentir, pedazo de basura! ¡Atrévete a empujarme otra vez! ¡No sabes quién manda en estas calles, infeliz!
El Tatuado lanzó un puñetazo directo al rostro de Rio.
Como si fuera una señal, tres o cuatro matones más se levantaron de las mesas contiguas para rodearlos.
—¡Ayuda! —Micaela soltó un grito ensordecedor.
El pobre chico ya había recibido un par de golpes contundentes en la cara y el estómago.
De no ser por la intervención de Sandra, esa noche lo habrían dejado en coma.
Esa pandilla aterrorizaba el barrio. Como su líder era el cuñado del comandante Joaquín Casas, los vecinos preferían tragarse la humillación antes que buscarse problemas con la policía corrupta.
El dueño del puesto, al verlos bebiendo, les había sugerido sutilmente a los demás clientes que pidieran su comida para llevar, sabiendo el peligro que representaban.
El problema era que ni la mesa de Rio ni la de Cecilia eran del barrio, así que nadie captó la advertencia silenciosa del pobre hombre.
El Tatuado, que seguía recibiendo golpes de silla por parte de Cecilia, gritaba enfurecido:
—¡Malditas perras! ¡Se van a arrepentir de haber nacido! ¡No van a salir vivas de aquí!
Incluso intentó sacar su celular para llamar a más cómplices.
Josefina y Quintín sabían que sus habilidades de pelea eran nulas, pero actuaron con inteligencia y llamaron al número de emergencias de inmediato.
Mientras tanto, Sandra despachaba a tres matones sola, aunque en el proceso se llevó algunos golpes.
A Quintín se le salía el corazón del pecho al verla pelear. Cuando notó que un cuarto pandillero salía de la cocina del puesto empuñando un cuchillo carnicero para atacar a Sandra por la espalda, se lanzó sobre él sin pensarlo dos veces.
Rio reaccionó con el mismo instinto protector y se lanzó junto a Quintín para derribar al hombre armado.

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