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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1840

Aquella mujer había arriesgado su vida para salvarlos; no permitiría que le pasara nada malo.

Cecilia, que ya había neutralizado a su oponente, vio el brillo del cuchillo. En medio del caos, hizo contacto visual con Sara y José, quienes estaban camuflados entre la multitud.

De la nada, un vaso de vidrio surcó el aire y golpeó con fuerza quirúrgica la muñeca del atacante.

El cuchillo cayó al asfalto con un ruido metálico.

Al mismo tiempo, Quintín, por el impulso de su salto, terminó arrollando a Sandra y cayendo sobre ella. Rio, por su parte, se enfrascó en un feroz forcejeo con el hombre desarmado.

—¡Ahí viene la patrulla! —gritó un vecino desde algún balcón.

El ulular de las sirenas cortó el aire nocturno.

El rostro de Rio palideció. Aunque los concursantes tenían el día libre, si la producción se enteraba de que había estado involucrado en una pelea callejera y terminado en los separos, su carrera se hundiría antes de empezar.

Micaela, previendo el desastre, también lo comprendió al instante.

Empujó desesperadamente al matón que agarraba a Rio.

—¡Huye! ¡Vete ya! —le suplicó.

Pero ya estaban rodeados. ¿A dónde diablos iban a correr?

Minutos después, agresores, víctimas y salvadores fueron esposados y subidos a las patrullas.

Los oficiales de la estación local parecían bastante familiarizados con el procedimiento.

Era evidente que el Tatuado no exageraba cuando decía que controlaba esas calles; las sonrisas cómplices entre los oficiales y los pandilleros lo confirmaban.

Consciente de la situación, Cecilia aprovechó un descuido para mandarle un mensaje de urgencia a Agustín Sandoval.

Cuando Agustín leyó que su prometida había terminado tras las rejas por una pelea callejera, sintió una extraña mezcla de asombro y diversión.

—Tranquila, llego enseguida —le aseguró.

Pero Agustín tardaría un rato en llegar desde su zona. Por otro lado, Micaela, aterrorizada de la ira de sus padres, decidió pedirle auxilio a su primo Adolfo Pineda.

Como Sandra y los demás no eran originarios de la ciudad, dependían por completo de la intervención de Agustín.

El grupo del Tatuado, en cambio, se movía por la estación como si estuvieran en la sala de su casa. Ni una pisca de miedo en sus rostros.

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