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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1844

Sin embargo, respaldada por la inmensa fortuna de la familia Ortega, casi nadie se atrevería a usar los orígenes de Cecilia para menospreciarla.

Y si esos chismosos descubrieran que la familia Ortiz también gozaba de gran prestigio, se llevarían una tremenda decepción.

Se quedarían con las ganas de verla fracasar.

—¿En qué piensas tanto? —Cecilia le dio un suave toque a Agustín en el costado.

Fue un roce casi accidental, justo en la cintura.

Agustín se tensó de inmediato y le atrapó la mano con firmeza.

Cecilia levantó la vista, cruzando su mirada con la de él.

—¿Pasa algo?

Agustín no respondió. Se limitó a sostenerle la mano, acariciando sus dedos con lentitud y una calma calculada.

Habían llegado a una hora en la que la abuela Lorena ya estaba profundamente dormida, así que evitaron hacer ruido para no despertarla.

Se quedaron conversando afuera. La brisa fresca de la noche, la cercanía de sus cuerpos y el silencio del lugar creaban una atmósfera cargada de tensión romántica.

—Ceci, todavía te faltan varios años para terminar la universidad. Te sugiero que no me provoques ahora mismo.

Cualquier mujer entendería perfectamente la advertencia oculta en las palabras de un hombre en ese tono.

—Faltarán años para que me gradúe, pero eso no significa que no puedas cobrar un poco de interés por adelantado —susurró ella, casi como un desafío.

Ver a Agustín tratando de mantener el control la volvía loca.

Él escuchó perfectamente el murmullo de Cecilia.

Le apretó la mano con más fuerza, acortando la distancia entre ellos.

—¿Estás completamente segura de que quieres que empiece a cobrar intereses?

Cecilia vio en sus ojos esa mirada de un hombre que lleva demasiado tiempo reprimiendo sus deseos, y, sin pensarlo dos veces, se puso de puntillas y rozó sus labios con los de él.

Una chispa de fuego puro se encendió en los ojos de Agustín.

—Tú te lo buscaste —murmuró con voz ronca.

Su brazo la rodeó por la cintura con firmeza, atrayéndola hacia su cuerpo sin dejarle escapatoria.

Tenerla así, entregándose por voluntad propia... sería un pecado no aprovechar la oportunidad.

Con un brazo fuerte sosteniéndola, Agustín la besó profundamente, con la paciencia y la intensidad de quien saborea su platillo favorito.

Cecilia, dejándose llevar por el momento, enredó sus brazos alrededor de su cintura. Cuando finalmente se separaron, ambos tenían la respiración agitada.

La expresión de Agustín en ese instante era pura seducción. Cecilia sintió que el corazón le latía a mil por hora.

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