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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1842

Gonzalo miró de reojo al Tatuado, sintiendo unas ganas inmensas de decirle que se tragara su orgullo y pidiera perdón de inmediato.

Pero se contuvo. No era su lugar decirlo.

Durante años, el Tatuado se había aprovechado de la posición del comandante Oriel para ganarse la peor reputación del vecindario.

Sin embargo, nadie en la comisaría se atrevía a quejarse. Después de todo, fuera de su ceguera con su cuñado, el comandante era un hombre íntegro y excelente en su trabajo.

Por eso, todos guardaban silencio, tragándose la frustración.

Ojalá que esta vez, al haberse estrellado contra un muro de acero, el comandante Oriel por fin abriera los ojos.

Lamentablemente, el Tatuado aún no se daba cuenta de que esta situación era muy diferente a las anteriores.

Al ver entrar a Oriel, gritó con todo el descaro del mundo.

—¡Cuñado, por fin llegas!

—¡Si te tardabas un poco más, estas locas me iban a matar a golpes!

El rostro de Oriel Casas perdió todo el color.

—¡Enrique, cuida tu vocabulario!

Oriel ya había sido informado de la identidad de las personas que le dieron la paliza a su cuñado.

Una de ellas era la prometida del mismísimo señor Agustín Sandoval, presidente del Grupo Novaterra. Y la otra joven, la que Enrique había intentado acosar, era aún más intocable.

¡Era la sobrina del ministro de la familia Pineda, y quien venía en persona a resolver el asunto era el joven Adolfo Pineda!

Oriel sentía que el mundo se le venía encima. ¿Qué clase de pecado había cometido para ofender a dos de las familias más poderosas del país por culpa de este inútil?

¡Tenía ganas de estrangular a su cuñado por meterlo en semejante problema!

—Cuñado, ¿no me digas que vas a defender a esta gente en lugar de apoyarme a mí? —se quejó el Tatuado.

—¡Soy el único hombre que queda en mi familia! ¿Crees que mi hermana estaría feliz viendo cómo me tratas?

Fiel a su costumbre, el Tatuado empezó a sollozar dramáticamente, recordando cómo su hermana había muerto joven y cómo él, su pobre y desamparado hermano menor, había quedado solo en este mundo cruel.

Ese teatrito siempre le funcionaba a la perfección.

Pero esta vez, no sirvió de nada.

Adolfo Pineda y Agustín Sandoval miraban a Oriel con expresiones que lo decían todo.

—Comandante Casas, ¿este es su cuñado? —preguntó Adolfo con una sonrisa amable, aunque el peligro en su voz era innegable.

Agustín no dijo ni una sola palabra, pero su mirada estaba cargada de un frío polar.

¿Por qué tenía que pedirles perdón?

—¡A mí me dejaron como trapo viejo! ¿Por qué tengo que pedir perdón? ¡Ellos deberían disculparse conmigo!

Aunque a Oriel le dolía ver a su cuñado así, esta vez no cedió a sus berrinches.

Le soltó una bofetada que resonó en toda la oficina.

—¡Te dije que pidas perdón y lo vas a hacer!

—¡Mírate nada más! ¿Ahora te crees con derecho a andar acosando a las mujeres en la calle? ¿Quién te crees que eres?

—¡No haces nada productivo con tu vida, te la pasas de vago con tus amigotes! ¡Mañana mismo te subo a un autobús y te mando a trabajar de obrero al otro lado del país!

Oriel estaba furioso, pero también aterrorizado de que su cuñado sufriera represalias peores.

Ni él ni nadie de su familia tenía el poder para enfrentarse a los Sandoval o a los Pineda.

Oriel era astuto, y esa reprimenda a gritos era su forma desesperada de proteger a Enrique.

Cecilia y su grupo ya le habían dado una buena paliza, así que no sentían una necesidad imperiosa de seguir vengándose.

A ella le daba igual, todo dependía de lo que decidiera Micaela.

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