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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1843

—Me parece perfecto que el comandante Casas sea imparcial. Hace un momento, su cuñado nos gritaba que nos iba a hacer la vida imposible, y hasta pensé que ya no podría volver a caminar tranquila por este barrio —comentó Micaela con tono cortante.

—Después de todo, este señor nos dejó muy claro que todos en estas calles lo tratan como a un rey.

Micaela no era de las que se quedaba callada, y mucho menos cuando Rio había sido atacado. Ahora mismo, miraba al Tatuado como si quisiera hacerlo polvo.

Sabiendo que su primo Adolfo estaba ahí para respaldarla, no tenía la más mínima intención de dejar pasar el asunto.

—¿Qué dijiste? —Oriel se sorprendió; no había escuchado esa parte.

Con los ojos inyectados en sangre, fulminó con la mirada a su cuñado.

—¿Andas diciendo esas barbaridades en la calle?

Al ver que su cuñado estaba genuinamente furioso, Enrique empezó a sudar frío.

—Yo... solo lo dije para no perder la postura frente a ellos.

—Además, si usted está a cargo de esta zona, ¿no significa que las calles están bajo mi protección también?

A Oriel le empezó a palpitar una vena en la frente.

—¿Así que todos en estas calles te tienen que tratar como a un rey?

—¿Y los oficiales de esta comisaría también te tienen que rendir honores?

Esta vez, la furia de Oriel fue real. Agarró lo primero que encontró en su escritorio y se lo lanzó a Enrique con todas sus fuerzas.

Ya fuera puro teatro o una explosión genuina de ira, la paliza que le acomodó no fue suave.

A Cecilia no le importó quedarse a ver cómo terminaba el drama de la comisaría.

Adolfo se encargaría del resto de los trámites.

En cuanto a Sandra, que había repartido la mayor parte de los golpes, tampoco se tuvo que preocupar por los gastos médicos del Tatuado; Adolfo cubriría cualquier inconveniente legal.

Una vez afuera en la calle, Micaela se acercó a Sandra y a Cecilia, mirándolas con profunda gratitud.

—Ceci, ¿puedo llamarte así, verdad? Y a ti Sandra... ¡De no ser por ustedes dos heroínas, esta noche habría terminado en una verdadera tragedia!

Un tipo capaz de acosar a una mujer en plena calle no tendría escrúpulos en golpearla sin piedad.

Y Micaela jamás habría permitido que Rio recibiera la paliza él solo.

Si Cecilia y Sandra no hubieran intervenido, ella y Rio habrían acabado en el hospital.

Cuando Agustín Sandoval vio la parte del cuchillo en las grabaciones de seguridad, su rostro se oscureció de inmediato.

Adolfo notó al instante la tensión en Agustín y sabía que estaba preocupado por Cecilia.

Incluso se acercó a él para disculparse personalmente, reconociendo que el problema de su prima los había arrastrado a todos.

Aunque Agustín no estaba del mejor humor, sabía que no era justo culpar a Micaela.

—No es culpa de ella —respondió de forma tajante.

Adolfo se despidió prometiendo invitarlos a cenar al día siguiente para compensarlos.

Todavía tenía la tarea pendiente de darle un buen sermón a su prima... ¡y al jovencito que la acompañaba!

Agustín se ofreció a llevar a Cecilia y a su grupo de regreso. El destino era la hermosa casona tradicional de la abuela Lorena Ortiz.

Él no tenía idea de que la abuela tuviera una propiedad tan magnífica en pleno corazón de Viento Claro.

El simple valor de ese terreno era incalculable.

En sus círculos sociales, muchos murmuraban a sus espaldas burlándose de él por haberse comprometido con una chica de un pueblo pequeño. No tenían idea de que Cecilia era una joya invaluable, solo que no alardeaba de su fortuna.

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